A mis víctimas.
23. Pinball
Juan recitó de memoria la
carta que
MEC escribió al hombre ubicuo.
Era el punto final de la novela
Doble de Olivas.
MEC hacía profilaxis interna bebiendo ron a pico de botella.
Cuando se sintió lo suficientemente desinfectada se despidió de la fauna nocturna del
Bar Mundial y le dijo a su acompañante:
Nos vamos.
Él notó que su adorada escritora era incapaz de caminar.
Le entró el pánico.
¿A dónde vamos? ¡No puedes conducir así!
Ella lo miró de arriba abajo y le enseñó el móvil.
En la pantalla se leía:
Aníbal. Taxista Escéptico.
Llama, le ordenó.
Marcó y en menos de diez minutos el taxi los recogió.
El taxista vestía el mismo traje de astronauta que
MEC.
Cuando vio al gordo inabarcable envuelto en papel transparente le advirtió:
Voy a aceptar que subas con ese disfraz porque vienes con la señora. Para la próxima vez, ponte un traje aislante de verdad.
La carrocería del taxi era de color blanco mate.
La tapicería, los asientos, el techo, las molduras de las puertas, los tapasoles y las alfombrillas, verde esmeralda.
Dentro hacía mucho frío.
El aire acondicionado estaba con el termostato muy bajo y con la velocidad a tope.
Pensó que el taxi era muy parecido a un quirófano.
O a una morgue.
Al llegar a casa,
MEC le pidió a que se pusiera cómodo.
En la habitación de invitados encontrarás qué ponerte.
Juan abrió el armario y escogió un pijama aislante.
Parecía hecho para él.
Suave, holgado, estampado con ovejitas y nubes.
Tenía casco y escarpines a juego.
Una vez estuvo vestido se acercó a la cocina.
¿Tienes hambre?Sí, un poco, contestó con algo de vergüenza.
(Los rugidos de su estómago lo delataban).
¿Te apetece algo en especial?
Juan pensó en spaghettis con albóndigas.
En pizza barbacoa.
En dos quesos de bola rellenos de carne en salsa.
En chili con nachos.
En hamburguesas dobles con bacon.
En un collar de salchichas alemanas.
En rodilla de cerdo con chucrut.
En strudel de manzana.
En una merengada de galletas oreo.
No lo pensó.
Lo enumeró en voz alta.
Con las manos entrelazadas en gesto de rezo.
Con los ojos entornados.
Con las pestañas aleteando como mariposas de azabache.
Estás de suerte.
Tengo casi todo.
Me quedé sin salchichas alemanas pero las podemos sustituir con sopa de rabo.
Juan escuchó sopa de rabo y comenzó a hipar.
MEC intuyó que un recuerdo gastronómico afectaba a su admirador.
Parecía que se iba a desbordar por los ojos.
No lo podía permitir.
Las lágrimas son trasmisoras de los peores gérmenes.
Le dijo:
prepárate para cenar.
Sentó a Juan en lo que resultó ser una silla de dentista.
Hundió el pedal para reclinar el respaldo, deslizó la escotilla del casco que ocupaba la cabeza de Juan y buscó su boca.
Así comenzó una cena pantagruélica y etérea.
MEC cogió dos cajas y les quitó el precinto.
De ellas sacó varias máscaras que enchufó a lo que parecían bombonas de oxígeno.
Cada bombona estaba marcada con el nombre de los platos que Juan había solicitado.
No te preocupes, son máscaras esterilizadas y desechables.
Verás que banquete te vas dar.
Y sin esperar respuesta cubrió la mitad del rostro de su admirador y comenzó a alimentarlo con ozono de sabores.
Juan aspiraba los manjares y escuchaba a
MEC.
Esto es la pera, Juan.
Comes todo lo que te gusta sin engordar.
No intoxicas al cuerpo con alimentos que se degeneran.
El aire tiene sabor pero también vitaminas que vienen en forma de iones gaseosos.
Seis meses comiendo así y verás los resultados.
Perderás la masa que te sobra.
La piel te brillará.
Recuperarás el centro.
Conquistarás a Gioia.
Juan se dejó hacer.
Aspiró la merengada de oreo y se sintió satisfecho.
MEC le quitó la última máscara, la tiró a la basura y buscó un espejo.
Mírate.A él le dio la impresión de que estaba más gordo.
Miró sus pies.
Se levantaban unos veinte centímetros por encima del suelo.
Extendió los brazos.
Su cuerpo subió un poco más.
Abrió las piernas.
Su humanidad buscó acomodo en el aire en forma horizontal.
Juan gravitaba.
Aspiró, sopló suave, aspiró, sopló fuerte, aspiró, tosió breve e intermitente.
(Subió, bajó leve, subió, bajó brusco, subió, corcoveó).
Expulsó un flato corto.
Avanzó un metro.
Expulsó un flato largo.
Ganó dos metros más.
Expulsó un flato violento.
Se estrelló veloz contra la pared.
Cayó al piso, rebotó hasta el techo, salió proyectado imparable besando las cuatro esquinas de la cocina.
La casa de la escritora se convirtió en un
pinball demencial en el que Juan era la bola y los flatos los resortes propulsores.
MEC cerró las ventanas, bajó las persianas metálicas y se refugió en un habitáculo transparente y blindado.
Desde un sistema de megafonía anunció:
No existen las dietas perfectas o milagrosas.
Todas tienen un pequeño inconveniente.
Pero no te preocupes, en dos horas estarás como si nada.Afuera Juan era un eco metálico que volaba, chocaba, rebotaba sin remedio.