4.10.09

Silencio...en Delirio


DELIRIO-EL SILENCIO






Delirio es una revista cultural on line gratuita.

Esta entrega aborda el Silencio desde múltiples perspectivas:

Literatura Arte Teatro Cultura Fotografía Artes Plásticas Aidarte Música.

Más de cien páginas para delirar.

Una propuesta soberbia....daros un paseo!!!!!

Mil gracias a Aída García Corrales y a Óscar Varona por invitarme a participar en este proyecto.

Podéis descargar la revista y disfrutarla con calma en vuestro ordenador!


Estoy en las páginas 96, 97 y 98 con el texto Paradojas del Silencio:


"El silencio aterra.

(El ruido nos esconde/el silencio nos exhibe).

El enemigo peligroso no pronuncia palabra...."

Silencio sordo/Silencio blanco/Silencio negro

¿Derrotamos al Silencio?



(Para saber cómo sigue, entrad en Delirio...!os van a encantar los contenidos!)

6.9.09

Detrás del Atlántico

Posted by Picasa
Collage: Fotos propias.


Nos vemos en el libro...

Gracias por todo.

24.8.09

Changabracadabra


Se escribe magia...se cocina magia...se lee magia...

¿Quieres leer trucos asombrosos?

Pincha Aquí...

¿Quieres leer dentro de mi chistera?

Pincha Acá...



19.8.09

Dreaming stamps & streamers

Imagen: Sam3

Soñé.

Que tu voz me hablaba desde una estampilla de correos.

Que te escuché, sonreí y te chupé.

Que tu lengua saltó de la foto como una serpentina de papel y se enrolló en la mía.

Que me halabas.

Que te halaba.

Que unas esferas minúsculas comenzaron a rodar hacia adelante, hacia atrás y en círculos.

Que los rodamientos fueron tibios, calientes, hirvientes.

Que la velocidad de los movimientos aumentaba y que las bolitas se expandían.

Que perdieron en control y estallaron derramando un unto suave, cálido, recogido y pacífico.

11.8.09

Sueños y mentiras piadosas




Hoy sí me acuerdo de mi sueño, mami.

La historia es así:

Yo era un pintor.

Pinté una guerra.

El rey vio mi cuadro y me preguntó

¿Quieres ser un hombre de la guerra?

No.

Pero quiero tener un escudo, un espada y una capa.

¿Para qué?

Para jugar.

Ahora tú, mami.

Cuéntame qué has soñado.


Soñé con olas silenciosas y lentas.

(Se enrollaban sobre sí mismas como alfombras perezosas).

Con azules turbios.

Con nubes que descolgaban hombres.

Con un país siempre en invierno.


Pero tú sueñas en colores, mami.

Y el invierno siempre es en blanco y negro.

Te equivocas contándome el sueño.



Pez Fruta quiere encender la tele.

Me niego.

Es muy temprano.

Golpea con los nudillos el aparato.


¿No han llegado todavía los que trabajan dentro de la pantalla?

¿Se han despertado tarde?

¿Qué hora es?


Habla de porcentajes y de temperaturas.

De litros y galones.

De misterios.

Dice página web por novela.

Piensa que el cerebro tira a las orejas

las palabras que no sirven.

Por eso insiste en que cuente las palabras que me encuentro

cuando limpio sus oídos.


¿Y en qué son las palabras?

¿En inglés o en español?

¿Me las dejas ver?


¿Estás segura, mami, de que no son "ciclabes"?


Me pide que calle para escuchar el pan.

Cierra las ventanas en medio de un calor insoportable.


¿Por qué Bruchi?

¿Por qué has cerrado las ventanas?


Porque no quiero que se escape el olor de las albóndigas que cocina papá.


Ha convertido en realidad los regalos de su sueño.

Una almohada pequeña es un escudocapa.

Viste cajas de cartón en la cabeza y en los pies.

Tararea una canción que le enseñé.

Usa su espada plástica como batuta.



Soy un caballero pintor y músico.

Lo sé por mi sueño.

¿Me dejas papel?

¿Me enseñas otra canción?

Yo quiero que siempre me cuides, mami.

(Aunque te equivoques contando sueños).

Yo no me quiero morir.


Lo miro.

Lo acaricio.

Me ahogo.

Y le miento:

(Siempre tendrás mis brazos, Brujito).


Él sonríe con los ojos.

Me besa.


Y canta para mí sacudiendo su cabecita:


Los zapatos de Manacho son de cartón, son de cartón, de cartón...


(Soy un nudo).

31.7.09

El trinche zurdo golpea

(Cocinero militar by Rafael Bermúdez)

A todos los que piensan que la libertad de expresión sí es una de las libertades más sagradas.

A quienes creen en ella y la defienden.

A Gloria, lanzadora de dados.

Y a Marcelo, que puso a comer al Zurdo.

Visto está que las pantallas y las historias que en ellas flotan muchas veces se invaden.

Eso algo que conocen los escritores y los lectores.

Lo que yo no sabía es que los personajes también son conscientes de las fronteras penetrables.

En una pantalla distinta a esta, El Zurdo comía pasta con tuco y pesto y amenazaba al cocinero que le había servido los tallarines por encontrarlos ácidos.

Los gritos del hampón anunciaban un terrible destino al pobre italiano.

Pero el chef miró hacia arriba.

Y me vio leyendo.

Hizo un guiño apenas perceptible para pedirme ayuda.

Me dio pena, mucha pena.

El Zurdo me cae bien pero mi debilidad por los trabajadores del gremio culinario tiene más peso.

Sin pensármelo mucho, cogí al zurdo por el cuello de la camisa, lo alcé por encima del plasma y lo encerré en un archivo que abrí especialmente para él.

Un calabozo que guardé como Come y calla.

No era una cárcel dentro de una página en blanco.

Dispuse en el archivo una selección de recetas ilustradas con fotos.

Los primeros días de encierro el Zurdo actuó con rebeldía.

Lo sé porque escuchaba las patadas y puños que daba a las paredes.

Me gritaba toda clase de improperios y amenazas.

Desactivé el volumen y me olvidé de él por un tiempo.


Sucedió que una tarde, mientras trabajaba en un cuento para los Hermanos Chang, recibí un mensaje por el chat.

Mi prisionero me escribía.


Unknown: Che, gracias, me hiciste un favor.

(Contesté, contestó).

Unknown: Moría de la fiaca acá. No hay minas, no hay guita para robar, no tenía nada que hacer, ¿viste?

Yo: ¿Y?

Unknown: Y leí las recetas.


El Zurdo me dijo que leyendo las recetas y mirando las fotos, se topó con su lado sensible, su parte femenina.

Quiso cocinar pero estaba encerrado.

¿Cómo hacerlo?

Descubrió un archivo de ingredientes digitales.

Comenzó preparando panqueques.

Le quedaron tan bien que entusiasmado se atrevió a más.


Unknown: Ya preparé el recetario completo. Inventé una receta pero me faltan hojas de lavanda. Sólo tenés crisantemos acá. Me traen malos recuerdos los crisantemos. ¿Podés bajar una foto de flores de lavanda
?


Me fui corriendo a la otra pantalla

Tenía que contarle al italiano la transformación del zurdo.

Me lo encontré en la cocina, maldiciendo en napolitano al proveedor y al pinche.

Escribí un comentario relatando la historia.


Leyó, miró hacia arriba y con mímica me pidió que liberara al Zurdo, que seguramente había aprendido la lección, que necesitaba un ayudante en la cocina, que le ofrecería el trabajo, que así se convertiría en hombre de bien.

Lo hice.

Total, ese cuento pertenecía a otra pantalla. El hombre parecía arrepentido y regenerado.

Lo volví a coger del cuello de la camisa y lo alcé.

El Zurdo movió sus piernas a la desesperada mientras me rogaba que no lo sacara de Come y Calla, que adoraba cocinar en soledad y silencio.

Se calmó cuando le expliqué que cocinaría para el italiano.

Lo solté en su pantalla de siempre como quien deja caer un huevo en agua caliente y regresé a mis asuntos.

Un tiempo después recibí un email de un tal Guiacafe.

Me escribía una historia muy loca.

Uno de sus personajes se inventó una rebelión.

Con la excusa de que el chef italiano cobraba de más a los comensales, de que los camareros sisaban comida y bebida, de que nada funcionaba como debía, se atrincheró en la cocina armado con cuchillos, tenedores, coladores y cebollas talladas como granadas fragmentarias.

Se transformó en una especie de Rambo justiciero de la restauración.

Uniformado con pantalones en vichy blanco y negro, filipina inmaculada y zuecos, se lanzó al ataque y se hizo con el poder.

El italiano tuvo que despedirse salir pitando de su restaurante.

El Zurdo era el nuevo chef y dueño del local.

Arengó a personal y clientes prometiendo una revolución profunda en la cocina y en las mesas.

Todos aplaudían entregados al nuevo líder del yantar.

Al tal Guiacafe, autor de la historia, el giro en principio le pareció divertido.

Hasta que comenzó a encontrar en su ordenador archivos temporales que no conocía.

Al abrirlos se escandalizó.

Estaban llenos de manos, lenguas y ojos.

Intentó saber qué pasaba interrogando a sus personajes pero no podían hablar, no podían hacer mímica, no podían guiñar.

No podían comunicarse en modo alguno.

El Zurdo había impuesto la tiránica ley del cocinero infalible.

Si un trinche le decía que había que poner algo más de cebolla al estofado, le cortaba las manos.

Si un comensal le pedía sal para la sopa, le cortaba la lengua.

Si una mujer no lo miraba, le arrancaba los ojos.

Si un crítico gastronómico opinaba de sus platos le quitaba todo.

El correo de Guiacafe termina con una súplica:

(…) y no sé si culparte…yo lo creé al Zurdo, pero vos lo apresaste, le despertaste el gusanillo de la cocina y lo liberaste, Che. Ahora tengo un ejército de personajes mudos, unos fueron mutilados por el Zurdo, otros están aterrorizados por la bota del cocinero militar…decime, ¿tenés una idea para ayudarme…?

No puedo responderle.

Necesito conservar mis manos, mi lengua, mis ojos para trabajar.

Miro al Zurdo con ojos cariñosos y hago todo lo que me pide.

He puesto mi pluma a su servicio.

Escribo un libro de recetas que celebran la revolución.

26.7.09

Juan

A mis víctimas.


23. Pinball


Juan recitó de memoria la carta que MEC escribió al hombre ubicuo.

Era el punto final de la novela Doble de Olivas.

MEC hacía profilaxis interna bebiendo ron a pico de botella.

Cuando se sintió lo suficientemente desinfectada se despidió de la fauna nocturna del Bar Mundial y le dijo a su acompañante: Nos vamos.

Él notó que su adorada escritora era incapaz de caminar.

Le entró el pánico.

¿A dónde vamos? ¡No puedes conducir así!

Ella lo miró de arriba abajo y le enseñó el móvil.

En la pantalla se leía:

Aníbal. Taxista Escéptico.

Llama, le ordenó.

Marcó y en menos de diez minutos el taxi los recogió.

El taxista vestía el mismo traje de astronauta que MEC.

Cuando vio al gordo inabarcable envuelto en papel transparente le advirtió:

Voy a aceptar que subas con ese disfraz porque vienes con la señora. Para la próxima vez, ponte un traje aislante de verdad
.

La carrocería del taxi era de color blanco mate.

La tapicería, los asientos, el techo, las molduras de las puertas, los tapasoles y las alfombrillas, verde esmeralda.

Dentro hacía mucho frío.

El aire acondicionado estaba con el termostato muy bajo y con la velocidad a tope.

Pensó que el taxi era muy parecido a un quirófano.

O a una morgue.

Al llegar a casa, MEC le pidió a que se pusiera cómodo.

En la habitación de invitados encontrarás qué ponerte.

Juan abrió el armario y escogió un pijama aislante.

Parecía hecho para él.

Suave, holgado, estampado con ovejitas y nubes.

Tenía casco y escarpines a juego.

Una vez estuvo vestido se acercó a la cocina.

¿Tienes hambre?

Sí, un poco, contestó con algo de vergüenza.

(Los rugidos de su estómago lo delataban).

¿Te apetece algo en especial?

Juan pensó en spaghettis con albóndigas.

En pizza barbacoa.

En dos quesos de bola rellenos de carne en salsa.

En chili con nachos.

En hamburguesas dobles con bacon.

En un collar de salchichas alemanas.

En rodilla de cerdo con chucrut.

En strudel de manzana.

En una merengada de galletas oreo.

No lo pensó.

Lo enumeró en voz alta.

Con las manos entrelazadas en gesto de rezo.

Con los ojos entornados.

Con las pestañas aleteando como mariposas de azabache.

Estás de suerte.

Tengo casi todo.

Me quedé sin salchichas alemanas pero las podemos sustituir con sopa de rabo
.

Juan escuchó sopa de rabo y comenzó a hipar.

MEC intuyó que un recuerdo gastronómico afectaba a su admirador.

Parecía que se iba a desbordar por los ojos.

No lo podía permitir.

Las lágrimas son trasmisoras de los peores gérmenes.

Le dijo: prepárate para cenar.

Sentó a Juan en lo que resultó ser una silla de dentista.

Hundió el pedal para reclinar el respaldo, deslizó la escotilla del casco que ocupaba la cabeza de Juan y buscó su boca.

Así comenzó una cena pantagruélica y etérea.

MEC cogió dos cajas y les quitó el precinto.

De ellas sacó varias máscaras que enchufó a lo que parecían bombonas de oxígeno.

Cada bombona estaba marcada con el nombre de los platos que Juan había solicitado.

No te preocupes, son máscaras esterilizadas y desechables.

Verás que banquete te vas dar
.

Y sin esperar respuesta cubrió la mitad del rostro de su admirador y comenzó a alimentarlo con ozono de sabores.

Juan aspiraba los manjares y escuchaba a MEC.

Esto es la pera, Juan.
Comes todo lo que te gusta sin engordar.
No intoxicas al cuerpo con alimentos que se degeneran.
El aire tiene sabor pero también vitaminas que vienen en forma de iones gaseosos.
Seis meses comiendo así y verás los resultados.
Perderás la masa que te sobra.
La piel te brillará.
Recuperarás el centro.
Conquistarás a Gioia.

Juan se dejó hacer.

Aspiró la merengada de oreo y se sintió satisfecho.

MEC le quitó la última máscara, la tiró a la basura y buscó un espejo.

Mírate.

A él le dio la impresión de que estaba más gordo.

Miró sus pies.

Se levantaban unos veinte centímetros por encima del suelo.

Extendió los brazos.

Su cuerpo subió un poco más.

Abrió las piernas.

Su humanidad buscó acomodo en el aire en forma horizontal.

Juan gravitaba.

Aspiró, sopló suave, aspiró, sopló fuerte, aspiró, tosió breve e intermitente.

(Subió, bajó leve, subió, bajó brusco, subió, corcoveó).


Expulsó un flato corto.

Avanzó un metro.

Expulsó un flato largo.

Ganó dos metros más.

Expulsó un flato violento.

Se estrelló veloz contra la pared.

Cayó al piso, rebotó hasta el techo, salió proyectado imparable besando las cuatro esquinas de la cocina.

La casa de la escritora se convirtió en un pinball demencial en el que Juan era la bola y los flatos los resortes propulsores.

MEC cerró las ventanas, bajó las persianas metálicas y se refugió en un habitáculo transparente y blindado.

Desde un sistema de megafonía anunció:

No existen las dietas perfectas o milagrosas.
Todas tienen un pequeño inconveniente.
Pero no te preocupes, en dos horas estarás como si nada.



Afuera Juan era un eco metálico que volaba, chocaba, rebotaba sin remedio.

21.7.09

Rompiente

A Esther Roperti.


Hundió un puñal en el pecho

y al abrirse en dos

vislumbró naturaleza muerta

y semillas

18.7.09

Toledo

Photo: Window writing by Jennifer Nicholson


El reflejo en la ventana

le habla de la memoria del trueno

del amor a la tormenta

del camino hacia un libro

y de sus huellas en el agua de Lisboa.

(El Tagus me tragó, nunca regresé a mí).


La mirada en el café

le cuenta su pasión por la novela negra

describe una comida en familia

tararea una canción folk que aprendió en Perth

y se abre.

(Siento cosas).


Ella ríe.

Él también.


¿Sabes que tu risa es descarada?

(¿Sí? Escríbelo en un poema).

Suéñame pero no me nombres.

(Intentaré no pronunciarte).


Si se secara el Atlántico

habría dos Toledos menos en el mapa

y dos amantes nuevos en la cama.


Entonces ella podría escucharle decir

que lo que enciende sus ganas

no son sus ojos de niña

no es la intuición de sus pezones

no es el eco de sus letras.


Lo que le arde,

le quema,

le chamusca,

es su hermosa impúdica irresistible

risa de puta.

13.7.09

La conjura de la necia

Opening Spread of Absence by J. Meejin Yoon

Yo, porque ese es el orden de los pronombres, la que naufraga agotando lejanías.

Tú, porque aunque me niegues estás en la almohada fría que abrazo después del sexo sin ti.

Él, porque tal es la historia, el que sabe pero calla.

Ella, por la misma razón, la que disfruta de tus ganas intensas e irresolutas.

Nosotros, las palabras que buscan conjurar ausencias.

Vosotros, corifeos ciegos, ojos mudos.

Ellos, los testigos del fracaso estrepitoso de nuestro intento de amor.

Desbravar fue el verbo irregular que nos acompañó.

No supimos, no pudimos, no debimos.

Escupo mi sombra en un vano intento de olvido.