19.5.08

Cocinero y Mago


Mamá, ¿qué comen los pulpos?

Los pulpos comen pecesitos.

No. Los pulpos comen flores de mar.

Algas. Sí. Flores de mar.

¿Los dragones pueden comer peces?

Sólo si están secos.

¿Por qué?

Porque si están húmedos se les apaga la chimenea del cuello y se quedan sin trabajo.

¿Dónde trabajan?

En cuentos de príncipes y princesas.

¿Y lechuga? ¿Pueden comer lechuga?

No. Porque les hace cosquillas en la garganta. Tosen y queman todo sin querer.
Y entonces también se quedan sin trabajo.

Yo quiero ser cocinero. Y mago.

¿Sí?

¿Sabes qué comen los magos?

No...

Los magos comen palabras rotas. Y nubes.

(Me abraza)

Mami…hueles a desayuno... ¿Me ayudas a levantar el mar?
Vale. Pero sin hacer ruido.
¿se enfada?
No. Pero a veces, debajo del mar, hay perros durmiendo.
Y también hay dragones sin trabajo.
También.

16.5.08

Fetiche


Para Isa.S.B. que hoy cumple boca abajo y con clepsidra.


Nadie le discute eso Ayala.

Sabe con certeza que hace ochenta años,

en su cumple número veinte,

tomó tarta de manzana verde.

La memoria es saltarina.

Trata de recordar que cenó anoche y no puede.

Alguien dice que pollo y vegetales a la plancha pero a él no le suena.

Será porque no puede quitarse de la boca el sabor de comidas añejas.

12.5.08

Seafood Blues




Mamá: Quiero comer tortuga.

Le digo que no.

Que pobres tortugas.

Que quedan muy pocas.

Que no hay que matarlas.

Extiende sus manos de pan tibio.

Me ofrece una tortuga invisible.

Mamá…mira…pobre tortuga…se murió solita.

¿Nos la comemos?

¿La cocino para ti?


No me da tiempo a contestar.

Las manos de pan tibio vuelan.

Corre hacia al mar levantando nubes de arena.

Voy a pescar un tiburón grande.
Pone plomos a una caña etérea y lanza con precisión.
¿A que el tiburón sí se come?
Escucho reventar una ola.

El agua corre rápida hacia mis pies.

No me aparto.

¡Uy, Mami!…¡Qué fresquita!

(Está helada).

Esta playa es de imitación.

¿Por qué dices eso?

Es que no tiene conchas.

Ahora no tiene...las habrán recogido.

¿Se las han llevado para una paella?

Creo que sí...

Se las llevaron para ponerlas con la salsa verde.

Otra ola nos lame.

Nos hace cosquillas.

Reímos.

La arena mojada regala arabescos.

Mami:

¿quieres cangrejo?

¿quieres pescadito naranja?

¿quieres langosta?

¿quieres cocodrilo?

No.

No.

No.

No.

Mami…te voy a decir un secreto:

(yo quiero que comas)



Detrás del horizonte queda todo.

5.5.08

Juan


8. Anamnesis I


Dicen que Dios nunca estuvo conmigo.

Que atropellé a un romántico que iba a la deriva.

Que soy verde por culpa de las galletas.

Que robé mantequilla.

Dicen que jamás volaron mis colmillos.

Que prefirieron dejarse caer,

marchitos,

talados,

vencidos por la química de la medicación.

El dolor me dejó una sonrisa con ventanas, un río en la espalda y sin Gioia que se fue con el gato.

Antes de cerrar la puerta me dijo:

Amo tus rizos de león.

Pero no tanto.


Me alimento con pequeñas pastillas de menta.

Corono la punta de mi lengua con una.

La empujo por la ventana izquierda.

Recorre mi encía inferior

Reconociendo cada diente.

Achispando.

Hago presión con la barbilla y obligo al caramelo a entrar por la ventana derecha.

Vuelve a la lengua.

Lo aplasto contra el paladar.

(Está roto)

Siento como de desprenden hilos de carne

(mi carne)

desde el cielo de mi boca.

El cielo de mi boca.

Lo que fue el cielo de mi boca.

Dios me invitó a robar un buggy.

Dios me ayudó a robar la mantequilla.

Dios me obligó a atropellar a Isidoro.

Dios compró a Gioia y sedujo al gato.

Dios sí que estuvo conmigo.

He debido escuchar mejor a mamá cuando me habló de las buenas y de las malas compañías.

25.4.08

Ausencia/ Gelman



ESTABA




Cuando todos los miembros del cuerpo


son vos, puerta nocturna


que abre ciega a la dicha,


el tamaño del tiempo es una luna


que alumbra lo que fuimos.


El pensamiento, un dedo libre


que hojea páginas pasadas.


Los años no obedecen, suena


un violín mudo. La piel quema


lo que hubo, tan lejos.


Te picotean los gorriones


que comieron mi pan.

20.4.08

Un sueño en abierto


Trato de que no se escape y como loca salto para recoger las
palabras
que ya flotan,
suben,
buscan el sol.

Me resigno y pienso en lo que queda.
Un niño con una pistola.
Mira a todos.
Me escoge.
Dispara.
Siento la bala penetrar mi cuello.

Siento que las voces de los que me rodean se ahuecan.

Siento que me desenchufo.

Esto es morir, entonces.

Pero no.

No muero.

Pasan las horas, dejo de sangrar y no muero.

Nadie se ocupa de mí.

Me creen un caso perdido.

Alguien con una herida incompatible con la vida.

Digo a un médico que está entre mis amigos:


- Tengo hambre.


Me mira con asombro.


- No puede ser....estás muerta.
- ¿tengo la bala en el pulmón?

- No. La tienes en el corazón. Te lo rompió.


Le digo que no.

Que casi.

Que la bala se detuvo en la nada.

Que no me afectó.

Que dejó un agujero limpio, claro, redondo.

Que nada me duele.

Que tengo hambre.


- ¿Hambre vaga o hambre de fuerza?

- De fuerza. Hambre de fuerza.


Luego en fragmentos y fracturas alguien me habla de acentos.

La maestra de niños encantada porque escucha mil ritmos.

Dice que antes sólo se aceptaban acentos homologados.

La palabra homologados me asquea.

Lo pienso mientras veo que mi camisa blanca tiene una mancha de sangre lavada.

Tan lavada que es una rosa.

Alguien que dejó a alguien por otro dice:


- Yo lo amé tanto que ni siquiera quise cambiar su forma de hablar.


Alguien dejado por otro se venga.

Se encuentra al abandonador en la calle y le lanza comida.

Una y otra vez.

Yo camino con un hueco en la garganta mientras me explican la relación proporcional entre
ángulos y recepción.

Mi hueco silba.

Lo siento de plata.

Puerta de bala.

Me gusta.

Me siento imbatible.

15.4.08

Podado, no talado.

A Camila le talaron el romero.
Helga dice: Podado. No Talado.
Y mal disimula una sonrisa.

Camila mira de arriba hacia abajo.
Ni rastro del arbusto que de tan preñado de hojas y flores parecía una promesa.
Ni sombra del tronco que se abría en ramas que saludaban.
Sólo quedó un tocón chamuscado.

Había un nido de bichos. Quemé un poco. Retoñará.

Incrédula y furiosa buscó una bolsa de tela para recoger las ramas que se salvaron de la quema.
Helga hizo el amago de ayudarla pero la mirada de su nuera la paralizó.

Podado, no talado, volvió a decir.
Y también volvió a mal disimular, esta vez el miedo.

Los ojos de Camila eran los de una Valkiria que ya había decidido la suerte de alguien.

Ahogaste las bromelias porque para ti son feas.
Regalaste las orquídeas porque se casaba la hija de tu mejor amiga.
Pisaste los rosales porque te bebiste cuatro vodkas y te pareció gracioso.
Arrancaste los girasoles porque querías cosechar las pipas.
Destrozaste la lavanda porque te olía a muerto.
Desapareciste el tomillo porque trae mala suerte.
Y ahora esto.
Tendrás que acarrear con las consecuencias.


Helga se asustó un poco.
Nunca había visto a Camila así.
Le encantaba porque con ella podía ejercer de suegra de la mejor de las maneras:

jodiendo,
echando varilla,
metiendo cizaña,
intrigando,
obstaculizando,
tocando los quecos,
envainando,

todo esto vestida de frufrú, con sonrisa de colibrí y hablando en arrullos para no molestar.
Su nuera era la compañera de juegos perfecta.
Le daba holgura. Estiraba la cuerda todo cuanto podía y Camila allí, al pie del cañón, enterándose de todo pero sin decir ni ñe.
El sumun del deleite era cuando Elías, derretido por la concordia, las abrazaba a las dos a la vez, conformando un trío en el que su mirada era de miel y la de ellas de azufre.
Tenía la sensación de que esta vez no había calculado bien,
tal vez lo del romero fue mucho.
Pensó en Elías y recuperó la confianza en sí misma.

Él es un inocente, un ingenuo, un buenote.
Me adora por encima de todo.
Y de todas.
Nada me puede pasar.
Estoy a salvo.
Es que madre, sólo hay una.

Pensó en tejer un contraataque.
Dos segundos después rechazó la idea.
No pasaría nada.
Porque nunca pasaba nada.
Camila callaría como siempre.
Helga sonreiría.
Elías las abrazaría.

Y así fue.
O casi.
Camila no dijo nada.
A la hora de la cena se limitó a servir la comida.
De primero sopa de cebolla y romero.
Elías tomó una cucharada y levantó una ceja.

- ¿Quién cocinó hoy?
- Yo, cariño, ¿pasa algo?
- La sopa no está como siempre.


Pero se la comió.
De segundo sirvió conejo.
Elías se entusiasmó al verlo.
Era su plato favorito.
Trinchó con alegría un trozo y se lo llevó a la boca para escupirlo inmediatamente en el plato.

- ¿Qué pasa aquí?

Las paredes retumbaron.
Elías estaba rojo de la ira.
Helga se llevó la mano al pecho.
Y Camila siguió comiendo como si nada.
Cuando acabó su plato dijo:

A ver cariño, es el romero. No pasa nada si un día dejas de tomarlo. A decir verdad, será más de un día. Es que hemos tenido un pequeño problemilla con el árbol. Nada que no se pueda remediar.
Con tiempo y paciencia…¿Verdad, Helga?


Los ojos de Elías se inyectaron en sangre.

- ¿Qué le ha pasado al romero?

Nada, hijo. Lo podé y se me fue la tijera. Tenía un nido de bichos y se me fue el fuego. Total, que no hay romero. Bueno, no hay ahora, pero habrá. Con tiempo y paciencia como dice Camilita.

Camila habló para decir que no todo estaba perdido.
Que pudo salvar algunas ramas.
Que estaban un poco quemadas.
Por eso el sabor ahumado de la sopa y del conejo.

Hubo permuta de miradas.
Él las miraba con azufre.
Ellas lo miraban y se miraban con miel.
Ambas echaron el resto.

Helga buscó su arrullo más dulce:

- ¿Quieres que te cocine otra cosa hasta que se compre romero en el híper?...Ya sé, unas barritas de pescado. Te gustaban mucho.

Camila retrucó. Subió su falda hasta las ingles y, partiendo de la rodilla, leyó su pierna:

Oleré tu cuerpo.
Perfumaré mi piel contra tu piel

Me mojaré de ti
(en ti)

Y besaré cada punta
cada extremo
cada margen
cada brecha

Asaltaré tu centro
decidida
dedicada
(paciente)

Intentaré doblegarte

Vuelta sorpresa
(esto sólo comienza)

obligarás a mi boca
someterás mis extremos

resisto/me puedes

detenido buscarás en mis ojos

inmóvil buscaré en los tuyos

los cuerpos
que se intuyen desde siempre
se reconocerán
y librarán una batalla

jugarán a la derrota
para vivir una fiesta

Las pupilas de Elías se dilataron.
Ciertas venas también.

Helga se supo vencida.

Besó a su hijo para despedirse.
También a su nuera.
Mientras la besaba le dijo:

Eso es trampa, zorra.

Camila, una vez más, se hizo la sorda.

Con el tiempo los volvió a visitar.

Nunca más pisó el jardín.
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