25.8.15

Escritoras de América Latina, al fin visibles. Por Winston Manrique para Babelia, suplemento literario de El País.

                                        Foto: Nuria Ruíz de Viñaspre



Cristina Rivera-Garza, Wendy Guerra, Guadalupe Nettel, Lina Meruane, Claudia Piñeiro, Gabriela Wiener, Samanta Schweblin, Rosa Beltrán, Claudia Amengual…

…Piedad Bonnett, Leila Guerriero, Sofía Segovia, Aurora Venturini, Yolanda Arroyo, Zoé Valdés, Laia Jufresa, Flavia Company, Marbel Sandoval Ordóñez…

…Selva Almada, Carolina Sanín, Isabel Mellado, Valeria Luiselli, Rita Indiana, Mayra Santos-Febres, Pola Oloixarac, Giovanna Rivero, Betina González…

…Sabina Berman, Karla Suárez, Consuelo Triviño, Andrea Jeftanovic, Mayra Montero, Daniela Tarazona, Gisela Leal, Reina Roffé, Bárbara Jacobs…

…Luisa Valenzuela, Carla Guelfenbein, María Eugenia Ramos, Patricia de Souza, Fernanda García Lao, Yanitzia Canetti, Laura Esquivel, Ema Wolf, Alejandra Costamagna…

...Nona Fernández, Myriam Moscona, Natalia Berbelagua, Julia Álvarez, Damaris Calderón, Inés Mendoza, Daína Chaviano, Pilar Quintana, Gabriela Alemán…

…Lucía Puenzo, Lena Yau, Ana Nuño, Alia Trabucco, Ángela Becerra, Andrea Maturana, Brenda Lozano, Mónica Lavín, Fietta Jarque... 
...Carmen Boullosa, Inés Bortagaray, María Fernanda Ampuero, Karina Sainz, Lilián Pallarés, Jacinta Escudos, Dorelia Barahona, Teresa Dovalpage, Carolina Sborovsky, Inés Fernández Moreno, Dolly Mallet, …
Escribir, escribir. No cesan en su empeño, como cualquier escritor. 

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Muchísimas gracias a Winston Manrique por incluirme en la lista junto a autoras que leo, admiro y quiero. 

Honrada, emocionada, agradecida.

Feliz de estar.

El artículo completo en el enlace:



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4.8.15

"Las vallas de las autopistas caraqueñas fueron mis primeras lecturas". Escribir para respirar. Entrevista en Qué Leer.

“…ESCRIBIR PARA RESPIRAR.” LENA YAU

Yau Lena_Lisbeth Salas1-2
Foto: Lisbeth Salas.

 “Todo lo que veo es un motivo para escribir. Cada instante demanda escritura…”
La escritora y apasionada de las letras Lena Yau nació en caracas el 8 de mayo de 1968. Licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello.
Lena Yau reside en Madrid desde 1999 pero se encuentra de de visita en Venezuela para presentar: “Trae tu espalda para hacer mi mesa” Editorial Gravitaciones.
TTE 500
Y “Hormigas en la lengua”  editado por  Sudaquia Editores.
Portada Hormigas1-2
¿Qué razón lo motiva a escribir?: “…Respirar. Escribir para respirar.”
¿“escribir “es una profesión o un hobby?: “Es una profesión.”
¿Qué es lo más difícil de ser escritor?: “Poner el punto final.”
¿Qué le hizo saber que se dedicaría a ser escritor?: “…El deseo de unirme con voz de papel a las bibliotecas.”
¿Rutina?: “…Distribuyo las lecturas diarias. Tomo café. Repaso la prensa del allá y del aquí y abro el archivo en el que esté trabajando.”
¿Musa?: “Descubrir el germen ficcional en la cotidianidad.Leer profundamente.”
¿Existe el temor frente a la hoja en blanco?: “No. En mi caso existe hambre.”
¿Cuál género no se ha atrevido a escribir?: “Ensayo. Me cuesta mucho apartarme de la ficción.”


¿Cómo es su biblioteca?: “Los ordeno por países y tendencias. Hace mucho que no los cuento.”

¿Cuál fue el libro qué dejó una huella?: “Todos dejan huella. No podría escoger uno.”
Un libro para iniciarse en la lectura: “Cualquiera de Antonia Palacios, Francisco Massiani, Eugenio Montejo.”
Un libro para soñar: “Los cuentos de Jules Supervielle.”
Un libro para no leer: “Los propagandísticos.”
Un libro para leer en el baño: “Para el baño solo revistas.”
Libro de papel o electrónico: “Ambos.”
¿Consejos para un principiante en la escritura?: “Lectura, escritorio, constancia.”
Twitter de la escritora: @LenaYau 


Entrevista completa: 

23.7.15

Juan Carlos Méndez Guedez reseña Hormigas en la lengua en Colofón Revista Literaria

jueves, 23 de julio de 2015


Lenguajes Gastronómicos

         Hay un doble gesto en esta novela que logra atraparme: una inmediata seducción que viaja en sus palabras, en sus ritmos interiores, en su manera de musicalizar la ficción con una prosa llena de respiraciones cortas, y luego el quiebre inicial con que logra derribarme, destruir mis reconocibles expectativas. Abro el libro y ya el prejuicio me conduce: novela culinaria, mujer, celebración, espacio propio, Esquivel/ Allende, reiteración de una literatura donde al final no sucede ni la complejidad de la mujer ni la complejidad de lo culinario. Pero en pocas páginas este libro me transforma en un ser de palabras, un mareo que navega feliz, asustado y perplejo.
Hormigas en la lengua
Subrayo una obviedad inicial: por su inmensa calidad, esta obra de Lena Yau se encuentra muy lejos de esas redacciones ligeras donde lo gastronómico es una celebración del espacio femenino que sufrieron nuestras abuelas, seres atados a los fogones y a la tristeza de una vida donde ellas eran la sombra del placer de otros.
Las mujeres de este libro gozan, sufren, se mueven, triunfan, se hunden y alrededor de ellas (y también de los personajes masculinos) las comidas se suceden como un hilo conductor que engloba la complejidad de la vida humana, sus muchos tonos, sus diversas sonoridades y sabores.
Un primer punto que me sacude en este libro es que lo gastronómico no tiene tan sólo su reconocido carácter de sofisticación, de espacio celebratorio. Aquí, la comida es también sufrimiento, juego de poder, incomunicación, rebeldía de la boca infantil que se niega a comer los platos que la figura paterna considera son adecuados para ella. 
Se trata tan sólo de una de las tantas historias que recorren esta novela fragmentaria pero lo cierto es que al ser una historia tan despiadadamente conmovedora resulta imposible no resaltarla del conjunto. El comer, el no comer, se revelan aquí como cuestionamiento del identidad; de la familia; de las geografías; del desarraigo. La boca que se cierra es la boca que desea construir un yo propio que sea y a la vez no sea parte de una comunidad, que sea y a la vez no sea parte de un viaje, de una emigración. La boca que se cierra es la boca que busca un nombre propio, que guarda su lengua, su garganta, sus dientes para pronunciar una palabra que la signifique y que por lo tanto no puede aceptar la rutina culinaria que quiere reducirla a esa construcción rígida que el entorno quiere realizar sobre ella. 
Pero en su estructura múltiple, Hormigas en la lengua tiene también otras líneas argumentales que giran alrededor de las mesas y las suntuosas comidas. El ojo atento del lector va siendo hechizado por cada una de ellas, y su vigilancia, su habilidad, las va enlazando en una suerte de fiesta total en la que se construyen tensiones y dualidades seductoras: el hoy, el ayer; el aquí, el allá. Dicotomías de las migraciones constantes: los que vinieron de lejos, los que regresaron, los que vivieron separaciones, los que se encuentran. En ellos, en sus bocas que nombran, que se nombran, que se hacen parte de un relato común, en ellos, en sus bocas que comen los alimentos del hoy, del aquí, los alimentos del ayer, del allá, se edifica la complejidad de una memoria llena de deseo, nostalgia y poderío ficcional.
Porque esta novela de Lena Yau sorprende a cada página. Lenguajes diversos, personajes de muy distinta constitución humana y cultural (españoles, peruanos, venezolanos, chinos, alemanes, italianos, portugueses), espacios muy distantes entre sí, recursos literarios de distinta magnitud, van irrumpiendo mientras exhiben una paleta expresiva fascinante, inabarcable. La novela es una voz que se transforma, es un sabor diferente en cada uno de sus segmentos. Es polifonía de una sensorialidad conectada directamente a una boca que anhela morder, probar cada una de las comidas que condensan el peso existencial de personajes fascinantes, entrañables (no se pierdan por favor a Douglis, fuerza viva del lenguaje y los gestos, inolvidable presencia).
Esta novela, una de las mejores que se han escrito en español en muchos años, tiene además otra virtud: la de la incitación a repetir y a esperar un nuevo plato. Hormigas en la lengua es una narración para releer hasta saciarnos, y es un libro que en su última página nos despierta un rotundo pensamiento. “¿Para cuándo una nueva novela de esta autora?”.


22.7.15

La empanada, en realidad. Un capítulo de la novela Hormigas en la lengua de Lena Yau (Sudaquia)

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Hormigas en la lengua LA EMPANADA, EN REALIDAD, por Lena Yau

Empanada gallega 1
“Adivinó en el paladar trozos de cebolla, de tomate, granos de pimienta y algo que creyó una pluma de pájaro y que resultó ser una hoja de laurel olvidada en el relleno”.
Compartimos con ustedes un capítulo de Hormigas en la lengua, de la escritora venezolana Lena Yau.
Los sábados la familia come paella en la Tasca.
Los padres de Pino, su hermanita, los tíos, los primos, los abuelos.
Pino Chica odia la paella. Pino Chica come aire.
A veces come pan. Aceitunas. Litros de agua.
La tarde de la empanada se anunció torcida desde el principio.
Al llegar a la Tasca descubrieron que había cambiado de dueños. A Pascasio lo venció la morriña, empacó cuatro cosas y se subió en un avión sin despedirse.  Dejó una caja de vino y una cesta de pestiños para los padres y para los tíos de Pino con una nota en la que agradecía tanta amistad.
(Si cruzáis de nuevo, id a Galicia y buscadme en Cambados).
Al padre de Pino Chica la noticia le descompuso el rostro. Posó una mirada de cráter sobre la niña y dijo en un ronquido:
—Hoy vas a comer.
La madre mintió:
—Es alérgica al azafrán. Deja que pida otra cosa.
Las dos Pinos estudiaron la carta. Deliberaban en voz baja para que Padre Volcán no se activara.
Eso de que no te gusta la tortilla es nuevo, siempre te comes la que te pongo en la lonchera, no quieres paella porque tiene pimiento, no sirve que se lo quite porque dices que el arroz está contaminado, sopa no, que tiene garbanzos, la carne te sabe a vaca y el pollo tiene una bacteria negra, tenemos que decidirnos Pinito, que papá nos está mirando y ya le sube el magma, mira su pecho, se le hincha, en buena hora se le ocurrió irse a Pascasio,  ¿empanada?, ¿estás segura?, ¿cómo sabes que te gusta?, ¿cuándo la probaste?, ¡qué bien!, ¡una sonrisa!, ¡vamos a pedirte la empanada entonces!
Se le hace la boca agua.
Tanto tiempo yendo a la Tasca sin saber que había empanada. Seguro era cosa de los nuevos dueños.
Empanada venezolana
“Obedeció y pegó el mordisco de su vida. La boca se le llenó de queso derretido, tibio, ácido, salado”.
Pino sabía que le gustaban las empanadas. Las probó por primera vez en el colegio, de manos de Douglis. Se deshacía del contenido de su lonchera (panquecas con mantequilla y azúcar y flan de piña) cuando un olor aceitoso la sorprendió.
Douglis comía. Pino la contemplaba hipnotizada.
—Me estás velando. ¿Quieres que te convide?
Pino Chica asintió y dio un mordisco tímido.
—Muerde con confianza. No se come con miedo.
Obedeció y pegó el mordisco de su vida. La boca se le llenó de queso derretido, tibio, ácido, salado.
—Tengo otra. ¿La quieres?
Contestó que sí, que por favor no se la diera a nadie, que sólo a ella, que estaba deliciosa, que nunca había comido algo tan rico, que dónde la compró, que quería para su lonchera.
Dijo todo eso con los ojos porque tenía la boca llena.
Douglis la entendió.
Mientras Pino masticaba le dijo que no se las daría a nadie más, sólo a ella, que no las compró en ninguna parte, que su mamá se levantaba muy temprano para freírlas, que le pediría que le pusiera en la lonchera cuatro en vez de dos, que así podrían comer juntas todos los días, eso con la condición de que no siguiera tirando la comida, debe ser que eres rica, eso es pecado, la comida que no quieras me la das a mí, que si no me la como, me la llevo para mi casa.
Eso dijo Douglis. También con los ojos. Ese día se hicieron amigas. Amigas para siempre.
Pino Chica pensaba que Douglis hablaba con palabras que ella no escuchaba en casa.
Douglis pensaba lo mismo de Pino Chica.
—Hablas como las monjas, Pino.
Aprendían palabras la una de la otra.
Intercambiaban comidas y voces.
Arepas, sandwichs de Boloña, tequeños, chorizo isleño, conserva de coco, queso de almendra, guarapo de tamarindo, majarete, gofio con leche, aporrear, cambar, guindar, alongar, blumers, gongo, machango, corotos, guillo, rascabuchar, millo, percusio, piripicho.
Llegó el pedido a la mesa.
—Paella de mariscos para doce. Una empanada. Una jarra de sangría. Una jarra de Tizana. Agua mineral sin gas. Que aproveche.
Miró su plato extrañada.
La empanada era diferente a las que comía de la mano de Douglis. Esta era cuadrada, morena de horno y con repulgos.  Lucía apetitosa, la tomó con las manos y con los ojos cerrados le dio un mordisco sin pensarlo demasiado. El sabor del atún subió hacia la nariz y se convirtió en olor.
Adivinó en el paladar trozos de cebolla, de tomate, granos de pimienta y algo que creyó una pluma de pájaro y que resultó ser una hoja de laurel olvidada en el relleno.
Sintió arcadas y escupió sobre el plato. Restregó la lengua contra la servilleta de papel, tratando de borrar con desespero la estela de aquel sabor que nada tenía que ver con su empanada.
Se bebió toda el agua  sin respirar.
Una luz roja se abrió en un bostezo alumbrando el comedor.
El suelo se abombó.
Cuando Pino devolvió el vaso vacío a la mesa, Padre Volcán soltó una columna eruptiva:
—Hoy vas a comer.
A pesar del calor, Pino comenzó a sudar frío.
 Pino Grande dijo:
—Llénate con pan.
Padre Volcán llovió tefra.
—No se toca el pan. 
Agüe, callada, raspó la paellera. Limpió el arroz de tropezones. Peló unas gambas. Quitó las conchas a seis berberechos.
—Come este fiasco de paella. No tiene pimiento.
Entre  lapillis, bombas y escorias se escuchó:
—Si no se come la empanada no come nada. Nunca más. 
Pino Chica se encogió de hombros y miró al infinito. Soportó el desprecio en los ojos de su padre, el miedo en las manos de su madre, la reprobación de su hermanita y de sus primos, la lástima de sus tíos, la solidaridad inútil de su abuela.
Se cubrió con una coraza y, aunque por dentro se sentía llorar, por fuera no demostraba nada, se aislaba, volaba, estaba ausente. El pan reposaba en la cesta junto a las aceitunas que nadie comió. Su estómago aullaba. La recorría un frío que aumentaba, tiritaba, un humo de hielo seco le invadía los huesos.
Llegó la carta de postres. Sabía que para ella no habría. No si no probaba la empanada.
¿Y si lo intentaba?  ¿Si se tapaba la nariz?
Lo mejor es estarse quieta, callada, no moverse, no respirar, no parecer.
Padre Volcán suelta fumarolas a Carmelo, el socio náufrago, el abandonado.
Que no insista, que para la niña no hay postre, que ponga la empanada para llevar, que si queda más empanada también la ponga, que si no aprende por las buenas va aprender por las malas.
Hormigas en la lenguaPino ve que Carmelo le da una mirada de viento antes de llevarse el plato con la empanada destripada.
La invita a ver una pecera con langostas y cangrejos.
Distraído con su pipa, Padre Volcán le da permiso.
No logra descifrar la mirada del marinero en deriva.
La entiende cuando Paco la lleva a la cocina.
No hay pecera. No hay langosta. No hay cangrejos.
Hay una cesta de pan recién sacado del horno. Mantequilla suave. Queso fresco. Aceitunas. Y un plato con dos filloas. Todo esperando por ella.
No tardes mucho, le ruega Paquito. Que luego los platos rotos los pago yo.
La lava de Padre Volcán formó un lago burbujeante que no desbordó.
Carmelo supo sangrar la fragua.
Pino se atraganta en la cocina mientras afuera, en la mesa, en la boca de su padre, una incandescencia era un reloj.

Poética ingesta por Linda D´Ambrosio.


Poética ingesta

"Comer lo que come el otro. Comer al otro. El amor está en el plato. Y también la guerra, cuando llega..."

LINDA D¿AMBROSIO |  EL UNIVERSAL
lunes 20 de julio de 2015  12:00 AM
La vida de Lena Yau gira permanentemente en torno a la literatura. Periodista de formación, colabora regularmente con medios venezolanos y extranjeros, y funge como asesor de diferentes proyectos editoriales. Su trabajo, además, gravita en torno a la comida, de modo tal que, tan pronto hace referencia a una receta de cocina, como se adentra en las connotaciones metafísicas que reviste el hecho de que el cacao crezca a la sombra de otros árboles. Su prosa fluctúa entre la sensualidad que entrañan los aromas, las texturas y los sabores asociados al aparentemente prosaico acto de la ingesta, y la anécdota contemplada -no podía ser de otro modo- desde la perspectiva de una mesa en la que Saramago y Sabato son, apenas, "dos eses en las esquinas del mantel".

Conocida es su participación en "El sabor de la eñe", el proyecto del Instituto Cervantes que indaga simultáneamente en las cocinas físicas, materiales, y en las cocinas referenciadas, aquellas que plenan las páginas escritas en esta lengua compartida nuestra, a una y otra orilla del Atlántico. 

Pero esta vez Lena se presenta bajo otra luz, y su mirada, en lugar de volverse hacia el trabajo de otros, ya para sustentarlo, ya para desgajarlo de modo que pueda paladearse más intensamente, se vuelve hacia sí misma en una suerte de ejercicio introspectivo, que le conduce a hilar sensaciones, recuerdos y emociones, todo ello en clave gastronómica.

Tal es el origen de Hormigas en la lengua, la novela, publicada en Nueva York por Sudaquia Editores, que ha venido a presentar a su Caracas natal, después de estar ausente por casi diez años. 

No se trata de un plato homogéneo y de textura veluté: es más bien el resultado de mezclar disímiles ingredientes, cada uno de los cuales aporta su particular gusto a la sazón de la obra, "un collage literario compuesto por cartas, poemas, narraciones quebradas y anécdotas familiares", tal como lo define la casa editorial. En ese collage, los personajes, tanto los que se quedan en Venezuela como los que se van, "se aferran a los sabores y a la memoria de los sabores para no perder el habla y para no perder la tierra", pues sabores y palabras transitan por la lengua como si de hormigas se tratase, preservando la identidad y salvaguardando la esencia. 

Pero, por añadidura, en el acto que tuvo lugar el pasado jueves en la librería Lugar Común, Lena dio a conocer Trae tu espalda para hacer mi mesa, un conjunto de cincuenta poemas publicados por la Editorial Gravitaciones. Las noventa páginas que conforman el poemario están organizadas en lo que la escritora ha dado en llamar cuadernos, núcleos en torno a los cuales se desarrolla uno o más poemas, bien en razón de su temática, bien en razón de su origen. Así, por ejemplo, hay un cuaderno llamado "Los cuentos de jelly beans", en el que cada uno de los sabores de estos dulces sirve de inspiración para una historia que se transforma en poesía.  Arcimboldo en el espejo y Relecturas son otros de los ejes alrededor de los cuales se articulan los versos de Lena Yau, algunos de los cuales dedica al desaparecido Adriano González León:  Entre langostas y vodka.

Lena subraya el hecho de que la mayor parte de nuestra vida transcurre entrelazada al acto del yantar, regida por nuestros apetitos. Por ello, en las primeras páginas de su libro puede leerse: "Antes del verbo/ y de la carne/ fue el hambre". Y en las últimas: "Amar es comer. Comer lo que come el otro. Comer al otro. El amor está en el plato. Y también la guerra, cuando llega. Amor y odio comparten escenario. Boca, lengua, palabra, plato, mesa, cama". Porque, en suma, lo vital, aquello esencialmente humano, pasa por recorrer tan sensual itinerario.

linda.dambrosiom@gmail.com

Fuente: http://www.eluniversal.com/opinion/150720/poetica-ingesta

Lena Yau: la literatura, el hambre y la belleza por Humberto Valdivieso.

Lena Yau: la literatura, el hambre y la belleza

Lena Yau está en Venezuela para presentar dos libros recién salidos de su cocina literaria: la novela Hormigas en la lengua y el poemario Trae tu espalda para hacer mi mesa. Ambos están impregnados de esos primeros olores aún no redimidos por el aire del lugar y de un sabor destinado a cambiar cuando les baje un poco la temperatura. Se hallan en un momento perfecto para saborearlos bien y permitirles adecentarse en una lectura llena de curiosidad y deseo. Yo lo he hecho y me han sorprendido pues he probado en ellos sabores inesperados. Mis expectativas fueron completamente socavadas; los libros tenían texturas y matices desconcertantes. Esto me condujo a una grata experiencia y dejó frente a mí una escritora sólida; decidida a no hacer concesiones a quienes solo buscan en ella algunas experiencias gastronómicas.
La lectura de las obras lo apura a uno a decir muchas cosas. Al inicio del artículo estuve tentado a escribir con el entusiasmo de quien hace una sobremesa y no puede dejar de hablar atolondradamente de una comida bien elaborada, servida de forma impecable y con una complejidad de matices y memorias culinarias capaces de retar al más voraz sibarita. Sin embargo, decidí frenar el entusiasmo y referirme solo al territorio más profundo y por lo tanto más sabroso de estas obras literarias: su capacidad de dejarnos habitar lo poético, de aludir a nuestros propios límites humanos.
La aproximación inicial a los trabajos de Lena Yau puede conducirnos sin obstáculos hacia la seductora superficie de su quehacer literario: la comida, la cultura culinaria, la relación entre la palabra y el sabor, el erotismo de los rituales del paladar y una geografía llena de lugares “saboreados” intensamente. Todo eso está presente, pero cuando traspasamos el efecto maravilloso de semejante escenografía nos encontramos con la verdadera fuerza de su voz poética. ¿Dónde ocurre esto? ¿A qué profundidad? En cada una de las páginas, delante y detrás de las palabras. Ahí lo más básico, frágil y auténtico de nuestra humanidad se deja ver y nos señala la belleza de nuestros límites.
“Antes del verbo/y de la carne/fue el hambre”, estos tres versos me condujeron a una idea expuesta por el psicoanalista norteamericano James Hillman: volver al animal implica retornar al impulso poético. Y eso me permitió entender las obras de Lena Yau más allá de los clichés usuales de una literatura temática. En verdad, la novela y el poemario son un esfuerzo de la autora por mostrarle a las palabras su estado más básico. Le señala al lenguaje su nexo con la necesidad antes de dejarlo adueñarse del espacio literario. ¿Qué significa esto? Heidegger nos enseñó que si bien el ser humano suele comportarse como el forjador y dueño del lenguaje, es en realidad el lenguaje nuestro dueño y señor. Y en este sentido, al sumergirnos en los dos libros, guiados no por el ego sino por la fuerza donde la palabra emerge ­–el hambre, el impulso de comer, el deseo innato en los rituales culinarios–, estamos también haciendo un ejercicio de volver a la verdad donde los humanos nos hacemos más frágiles: no estamos hechos para trascender sino para desear. Lenguaje y humanidad son puestos a prueba, no por un dios sino por sus límites esenciales.
El habla, tan importante en los dos libros, no tiene la función de ofrecernos panoramas o tratados sobre la cultura de la alimentación. De ahí el tono y la estructura fragmentaria, heterogénea y contemporánea de las obras. Tiene otra misión, una doble misión: recuperar el estado primordial donde la palabra emerge y conectarnos a través de ella con lo básico de nuestra naturaleza humana. El asunto de la novela y el poemario no son los alimentos, los platos o los lugares de comida sino el impulso, el arrebato, la potencia necesaria para llegar hasta ellos: “Somos más felices hablando de comida que comiéndola”.
La novela y el poemario no son monumentos al poder de la palabra sobre la alimentación y la cocina. Su valor, lejano a la esencia del poder, reside en revelar una naturaleza imprescindible para habitar el mundo, al menos desde la literatura: la necesidad incontrolable de nuestra especie por extraer la belleza del lenguaje y observar en ella los límites de nuestra condición humana. Volviendo a Heidegger podemos decir que “el hombre habita en tanto que construye” y ese construir tiene relación directa con el poetizar: “Poetizar construye la esencia del habitar”. Lo poético en Lena Yau construye las referencias donde aceptamos lo esencial. De ahí extraemos la energía para alimentarnos como poetas, para buscar lo más bello: “Mi lengua/capa de hielo/que refleja/las letras/de tu nombre”.

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