25.10.11

El equipaje es una cosa infinita



      Foto: El Ávila (la silla a las ocho) de Juan Luis Delmont



Para Adrian y Raquel.



“Sangran en mí las hojas de los árboles”.     Eugenio Montejo.


Todavía encuentro alguna camiseta ovejita hecha un rebujo en el fondo del baúl de madera que en Caracas usaba de mesa para la tele y que en Madrid uso para guardar la ropa de verano cuando es invierno y de invierno cuando es verano. Parecía tan grande allá. Acá su capacidad es insuficiente. Mi mano toca la tela de franela y la reconoce. No necesito mirar para saber. Mi mano tiene memoria.

Pasa también cuando busco ibuprofeno en el mueble de las medicinas. A ciegas, por pereza de encender la luz, mi mano tantea. Explora volúmenes y formas, tropieza con una pestaña de cartón que el tacto lee, ésta no, ésta es de allá, juega al toca–toca para adivinar, ¿será ponstan? hasta dar con la caja que necesito.

El tropiezo con la cajita de allá me dispara, me hace volar y aterrizar en el asiento trasero de un taxi, doce años atrás. Allí, engurruñada por una mezcla de frío, dolor y miedo, pensaba en círculos sin poder parar de llorar. El hilo musical de mi cabeza sonaba así:

Qué frío tan coñoemadre, ¿cómo se llamará esta autopista?, se parece al pulpo, el cartel dice M30, M30, ¿qué quiere decir M30?, no me ubico, ¿cómo saber dónde está el norte si aquí no hay Ávila?, este taxista no habla, qué pinta de malandro, esos pelos, por favor, el camino de vuelta se me está haciendo más largo que el de ida, el dolor me está reventando, y eso que tengo anestesia, odio la anestesia, me pica en la mejilla, no siento la boca, no se me entiende cuando hablo, ¿cómo voy a hacer en la farmacia?, ¿cómo se dirá ponstan aquí?, yo quiero ponstan, una merengada de ponstan, ¿cómo se dirá esa vaina en españoleto?, este taxista me quiere secuestrar, esta no es la vía por la que vine, ¿por qué agarró por aquí?, está claro, me quiere secuestrar, en la autopista no hay semáforos, ¿y si me tiro?, ¿me pasará mucho?, va a cien kilómetros por hora, si me tiro pongo la mejilla derecha primero, segurito que no me duele, me inyectaron anestesia por carajazos, voy a llorar callada para que crea que soy valiente, le voy a decir que no me secuestre, que le va a salir mal el negocio, que me duele mucho la muela, que enferma soy imposible y que en esta ciudad nadie pagaría por mí un rescate, qué cagada, aquí no valgo medio, aquí no soy nadie, aquí no existo, aquí no salgo en la guía telefónica, aquí no soy secuestrable, aquí no me puede doler la muela porque no sé decir ponstan.

Ahora me río pero…

Vivo en un mundo bilingüe.

Camisetas de aquí y de allá, medicinas de aquí y de allá, comida de aquí y de allá, palabras de aquí y de allá.

Todo se traduce.

Siempre fue así.

Hija de inmigrantes españoles, mi mundo era un cubo de Rubik. Porque los hermanos de mi padre y de mi madre se unieron también a inmigrantes. Españoles, alemanes, italianos, portugueses y más. Vivía una realidad de cuadritos de colores que combinados al azar hacían las caras de un cubo. Había que traducir todo. Poner lo que era de allá y acá en su lugar. Supongo que por eso no tengo claro si soy una emigrante, una inmigrante, una retornada. Aquí soy de allá, allá soy de aquí. A veces imagino el mapa de mi país: geografía de cielos. El de Venezuela, el del España, el del Atlántico entre ambos.

Una tarde, mi hijo hace un cuenco con sus manos y me ofrece su botín:

Una piña de pino, tres bellotas maduradas, una granada color gris ciudad.

Veo las palmas de sus manos, sudadas y pegajosas y el recuerdo superpone sobre ellas, las mías, más de treinta años antes, yo pequeña, en aquel valle verde, llevándole a mi madre mi tesoro: mangos y cocos por crecer, guayabas picadas de gusanitos blancos, envoltorios de torontos que juntaba y alisaba con mucha paciencia, la pluma de un turpial.

Se lo cuento a mi hijo y pregunta por el nombre del árbol del coco. Cocotero, le digo. No me cree. Me pide merendar “ese pan redondito de tu país que rellenas con York”…quiere arepas con jamón.

Llamo a mis compadres y atiende mi ahijada.

Me habla de Segovia, de Burgos, de Guadalajara, de San Lorenzo del Escorial. En su boca de niña esas geografías suenan tan mayúsculas que me dan ganas de decirle: princesa, no digas tacos.

Entonces me recuerdo diciendo Carabobo, Guasdualito, Margarita, Parapara, Barquisimeto, Aragua, ante la cara desorientada de los adultos de mi familia.

No sé bien de qué me fui.

Sólo sé que tenía que irme.

Y que el país intentó detenerme.

Primer aviso; piénsalo bien, traidora:

Cuatro días antes de la partida: bajando por la autopista de Prados del Este, una lámina de conglomerado mal amarrada, se desprendió del camión que iba delante de mi carro y se estrelló contra el parabrisas.

Segundo aviso; no lo vas a poder contar, traidora:

La última imagen de mi ciudad adorada: atrapada una torre de Plaza Caracas. Busco la ventana y miro diez pisos hacia abajo. En el asfalto negro y bacheado, una decena de ballenas con sus chorros más que disuasorios, jaulas, patrullas, gente en estampida, gritos, triquitraquis…¿eran triquitraquis?

Tercer aviso; ahora o nunca, traidora.

Colofón de la fuga: a diez metros del estacionamiento del aeropuerto, con las maletas que vendrían por avión, con los pasaportes en la mano, curva cerrada, mancha de aceite, chirrido de cauchos que derrapan, equipaje que vuela, cinturones que felizmente no estaban vencidos y funcionaron como debían.

Cuarto aviso; aquí también estoy:

La venganza: en Madrid, de camino a tramitar mi documento nacional de identidad. Yo mirando a través de la ventana cafeterías con dibujos de churros, yo pensando que el atasco me iba a hacer perder la cita, yo considerando si pagar la carrera e irme caminando, yo escuchando unos gritos, una frenada larga, un golpe seco. Yo recuperando la consciencia mientras voces preguntaban si me siento bien, si quiero llamar a alguien, si me ayudan a poner la denuncia.


Y hoy, tantos años después, tan lejos de todo aquello, sigue aquí.

En un semáforo en la calle Alcalá.

A mi derecha, Las ventas.

Pululan rumanos que quieren limpiarme el parabrisas.

A mi izquierda, una ambulancia. En su carrocería leo: San Román.

Se abre el océano y todo está en un mismo sitio.

Regresa la cola sonora de un extra, rehenes en una clínica, ladrones, policías.

Desecho aquello.

Pienso en mi hijo y en mi ahijada comiendo mamones con los antebrazos embarrados del juguito que chorrean, con las lenguas pintadas de amarillo de raspado de parchita, cantando los chimichimitos y el pájaro guarandol, sabiendo escoger los árboles a trepar (guayaba no, que resbala, aguacate no, que la rama se quiebra), pronunciando con soltura chaguaramos y Guachirongo.

Eso será posible desde la memoria, desde la palabra de los poetas, desde las páginas de los libros, desde el humo de una empanada de carne mechada hecha en invierno.

Yo hice un viaje de vuelta que ellos harán cuando sea oportuno.

Mientras tanto, ellos también viven un mundo bilingüe que ven como un plus, una ganancia, un extra.

Jamás como una pérdida.

No sé si doce años después alguien pagaría un rescate por mí.

Sé que aparezco en la guía, que me encuentro a amigos por casualidad en la calle, que el paisaje me responde cuando le hablo.

Sé que tengo un país con un mapa hecho de tres cielos que son uno solo.

Y que el Ávila marca el norte dentro de mí.

_______________

Texto publicado previamente en el blog: La Aduana: boarding pass de Ricardo Ramírez Requena
 
Gracias Ricardo por darme la oportunidad de escribir un texto que hace mucho daba vueltas en mi cabeza.
 
Gracias Juan Luis por regalarme tu mirada hacia El Ávila para acompañar mis letras.

23 comentarios:

Señorita Cometa dijo...

Desde mi esquina, con el Avila también marcándome el norte desde adentro y con lágrimas en los ojos leyendo tu texto, recién habiendo escrito de las lágrimas que me sacó Gabriela Montero ayer en su concierto donde estrenó su primera comoposoción: "ExPatria"...lloro mas...aqui, pues, con el pais perdido y la brújula chueca. Gracias.

Jackie dijo...

lei esto con un nudo en la garganta tan grande que necesito irme un rato a respirar afuera.
Todo todo podria haberlo dicho yo, excepto lo de los arboles, porque creo que nunca en mi vida me he subido a uno. Me recordaste al señor que vendia ciruelas de huesito a la salida del colegio, metidas en bolsitas blancas de papel... en fin.
Mis hijas les dicen a las amigas que saben hablar una lengua indigena y para probarlo un dialogo que es mas o menos:


- Macaracuay
_ Chuao.
_ Caurimare Chacaito Biscucuy!
- Chichiriviche!


y las amigas quedan fascinadas :)

Te quiero mucho.
Que bien escribes, es brutal.

zer0gluten dijo...

Yo pagaría el rescate por tí, Lena.
Da gloria venir a tu casa y leerte. Alguien así solo podía ser hija y nieta de una unión de culturas y de lenguas.
Estoy con Jackie y yo no he vivido ni de cerca historias de inmigración o emigración, pero tiendo a ponerme en la piel ajena, o como dirían los americanos, me pongo en tus zapatos y entiendo que tiene que ser una experiencia tremendamente dura y dolorosa.
Y de nuevo estoy con Jackie, eres brutal!
Mil besos reina.
PD: por si a alguien se le había ocurrido secuestrarme diré que no aparezco en la guía ;-D

mariajesusparadela dijo...

Y al final es maravillosos sentirse bien y en casa en dos lugares.

Genín dijo...

Y ese sentimiento, corazón, no termina nunca, se muere uno siendo de ninguna parte del todo, que buena vaina!
Y aquí cobras la pensión mínima porque contribuiste la mayoría allá, pero la de allá, aunque la tiene uno concedida, algo se inventan para que no te la paguen y la pueda robar alguien...
¡Mamones! cuanto tiempo...
Y Jackie me recuerda aquellas deliciosas ciruelas...
Sebucán...
La Cota mil...
¡El Avila!
Sin darme cuenta me duele la garganta y algo pasa que no puedo ver...
¡Son lagrimas! Hacia tanto tiempo...
Que tristeza carajo...
Que nostalgia que nunca termina...
Salud y besitos

TORO SALVAJE dijo...

Te vaciaste.

:)

Besos.

Nostalgia dijo...

hoy por ningún motivo me convenía llorar.
y menos de nostalgia.
si no te quisiera tanto, te estuviera odiando ♥

Guachafitera dijo...

El Ávila marca el norte...qué certero!

Brutal y bello, amiga.

Un abrazo enorme!

Jota dijo...

Se nota que llevabas tiempo madurando este texto, porque te ha salido bordado.
Ánimo, que en Madrid también tienes Ávila al norte ;)

Adriana dijo...

primero que nada:

waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

sniff, sniff,

Lo más me pegó fueron las guayabas con gusanitos. Volví a la piscina de los palos grandes y volví a nadar para rescatar mangos en el fondo.

Piscinas llenas de mangos con el ávila en el norte, y vuelvo:

waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!

mejor dicho

ñaaaaaaaaaa

pero a que nadie puede decir bratuslaaaara como tu! :)

LA CASA ENCENDIDA dijo...

Precioso y sentido escrito. Pensamientos que corren a la misma velocidad del auto que te lleva y te trae. Pensamientos de ida y vuelta. Vivencias llenas de amor.
Besicos mcuhos.

Sol dijo...

¡Qué lindo escrito! A medida que iba recorriendo tus paisajes en forma de símbolos, sentía tu deseo de plasmar en algún lado esas sensaciones que te vienen acompañando desde hace mucho tiempo.

Sencillamente hermoso y no puedo más que sentirme conmovida por tanto exilio de sentires que tenemos regados por el mundo.

Un beso y mi aprecio

Oswaldo Aiffil dijo...

Muy bonito Lena. No esperaba menos de tí. Un beso a tí y otro a Yoyanna!

la-de-marbella dijo...

Yo te aplaudo con las manos y con el corazón. Un chiquillo de 7 años de otro país, por circunstancias de la vida, convivió con nosotros hasta los 13. Al principio el chaval se sentía extranjero y a veces echaba de menos su país (su familia estaba aquí) tanto q sentía ganas de llorar. Cuatro años después regresó por vacaciones a su tierra. El verdadero drama se desarrollo allá. Ya que de repente se sintió tan extranjero como se había sentido en España. Hoy, con casi 19, se siente hijo del mundo y eso es muy bello. Adoro tu escritura. Besos y Gracias

BLANCO dijo...

Qué bien que por la herida inevitable hecha por los filos del acá y el allá te sangren maravillas como ésta.
Un beso.

anuar bolaños dijo...

Entre las sombras
la tempestad, los demonios,
los monstruos milenarios
como un animal arcaico
con agujas en las venas
deambula este corazón mutante,
ángel de chatarra que busca el norte
y extravió sus sueños.

Caty dijo...

desmayada!

....

corazón arrugado

yo vivo en todo el planeta, mi familia, cada uno en un país diferente...

mi espacio mental y emocional es ese

aunque el lugar donde MAS vivo es y sera siempre al lado del Avila, precisamente (yo guardo una pantaletica venezolana como un tesoro jajajajajajaja!)

el baúl de los recuerdos
muchos baúles

el baúl exterior y el interior, éste ultimo lleno de olor y sabor a cachapa con queso de mano, marroncito claro pequeño por favor señor, la piscina de la Central (UU U C V!) y la música de los carritos y de tantas otras cosas!

besitos grandes

te quiero

Waiting for Godot dijo...

Bello Lena. Como todo lo que escribes. Besitos.

Anónimo dijo...

Yo tengo desde hace dos años, una piedra en el zapato.
Estoy aprendiendo a vivir con ella.
No importa que ahora me mueva bajo un cielo azulísimo y gigante tanto en verano como en invierno,
ni que pueda caminar sin prisas en la madrugada.
No importa que las hojas caigan y sea hermoso ver el suelo dorado y los árboles pelados, no importa que pueda elegir cien cervezas artesanales, cien vinos, cien marcas de todo, de tanto que ya no me importan. No importa que pueda estar un sábado en Barcelona compartiendo el amor de mis hijos y la admiración por el gótico, otro en A Coruña compartiendo amor con mis padres y paisajes únicos, otro en Madrid compartiendo amor con amigos de siempre y las calles de una ciudad que siempre quita el aliento.
Esa piedra sigue allí, siempre allí. Intacta en mi zapato. No importa que tan pequeña sea. Es una incomodidad permanente, ese milímetro fuera de lugar en la boca del que hablan los odontólogos y que hace que la lengua se entretenga allí, justo allí, donde algo prácticamente invisible, está fuera de lugar.
En Caracas, llevaba zapatos incómodos.
Aquí llevo una piedra eterna en mis zapatos.

Rosalía

Maggie López dijo...

Gracias nuevamente Lena, por abrirte, y abrirnos a lo que a veces tampoco nos atrevemos a dejar salir, no vaya a ser que se nos pegue la melcocha que llevamos dentro. Y qué placer leer además los comentarios, tenía tiempo, tanto tiempo, sin leer comentarios que complementaran el texto....me quedo con una imagen bellísima... "volví a una piscina para rescatar mangos del fondo" con permiso de la autora me lo pongo en FB para no seguir olvidando... Gracias por la memoria...

Sol dijo...

Lena ...un fuerte abrazo.
Muy pocas palabras desde aquí, todo contenido, en mi mundo interno quiero encontrar mi refugio, mi oasis, mis fronteras personales, aquellos espacios que perfuman con olores maravillosos y colores de una nobleza excepcional.
Bellísimo escrito ...los que me anteceden también así lo sienten.

Sol dijo...

Me doy cuenta hasta ahora, que este escrito los habías publicado par de años atrás y hasta le comenté en su oportunidad.
Esto no hace más que corroborar que el desgustar de palabras pretéritas, es siempre una experiencia novedosa cuando el entorno descrito, de una u otra forma muta hacia lo incomprensible.
Saludos de nuevo

Fàtima dijo...

Tú y tus palabras. Algunas son incomprensibles para mí desde el intelecto, pero atacan directas al corazón: triquitraquis, una merengada de ponstan, torontos, guayabas de gusanitos, turpial.... Nena, vas a tener que hacerme un diccionario Lena-Fátima.
Y retumban dentro de mí, los mensajes que la ciudad te envió, traidora.
Qué bien escribes. Y qué hondo llegas. Y qué suerte tener tres cielos sabiendo a dónde pertenece una. Yo siempre preferí el gris al azul, aunque nadie lo entienda
Un beso Lena. Y un abrazo cálido

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