9.4.12

De camino a Palermo

                                  Ilustración: Juan Rodríguez.




De camino a Palermo soñé con una marmita gigante.


O eso pensé al principio.


Porque lo que parecía una marmita resultó ser el receptáculo metálico que suele contener las tripas de un coche.


Levanté la capota como si fuera la tapa de una olla inmensa y descubrí que, en lugar de batería, bornes, radiador, motor, cables y platinos, había un espacio franco lleno de sopa.


Caldo claro, magro, humeante.


El vaho caliente subió a mi cara y recordé una conversación en la que hablamos de platinos:


-      ¿Alguna vez te has quedado accidentado en la mitad de la autopista porque se pegaban los platinos?


-      Los platinos. Eso ya no existe.


-      ¿Estás seguro? Yo he limado platinos para obligar al arranque.


-      Ya. Seguro que también limpiaste la cal de los bornes con medio limón.


-      ¿Tú no?


El sueño era perfecto para comprobar si de verdad mis platinos eran cosa del pasado.


Los busqué en el fondo del caldo y calculé que la presión que los litros de líquido ejercían sobre la carrocería terminaría rompiéndola.


Un escritor me dijo que no me preocupara.


Me explicó que el caldo estaba hecho con cuatro voces.


Cuatro autores escribieron un cuento que convirtieron en caldo al no estar de acuerdo en el cómo de la estructura.


-      Fue la solución para no discutir mientras pensamos.


-      ¿Por qué un caldo? ¿Por qué no hielo?


-      Porque el caldo permite que la sustancia se mueva. Y el frío paraliza. Si hay movimiento, la sustancia elude las impurezas. Lo estático en cambio, obliga a compartir un espacio único.


Desperté dándole vueltas al sueño.


Miro hacia atrás y hago una lista de vivencias, de lecturas, de escenarios.


Doy con pérdidas, libros, países y comprendo algunas cosas.


El viaje a Palermo fue maravilloso y accidentado.


O anecdótico que me gusta más.


(Una amiga muy querida solía llamarme la sucedida…hay cosas que no cambian).


Se pierde mi maleta.


Un veloz palpo chequeo revela que el ordenador viene conmigo.


Dos segundos después caigo: el alimentador está en mi equipaje.


Tras los trámites pertinentes, disfruto de una ciudad llena de sol, hablo mi idioma y me pierdo en la interpretación y en las calles.


Porque a pesar de tener clara la diferencia entre destra e sinestra, el resto de las explicaciones se diluían en la traducción libre que mi imaginación y la mezcla de latín, francés, español y catalán que hay en mi cabeza hacían. 


Inventé un GPS que me llevó a paseos que eran derivas.


Derivas divertidas.


Los desvíos de mi desorientado radar multilingüe.


La birra aquí, el panini allá, el prosecco y los salatini, el Nero d´Avola, la mozarella, el insistente pito que anuncia que la batería del móvil se acaba, la sospecha de que ese cable tampoco está en el hotel, el intento de regresar a buscarlo, el nombre de la calle en un mapa que no descifro, un grupo que come focaccias en el umbral de una pizzería, una voz que es un acento que reconozco aún en italiano, es un chamo que habla de sus vainas, un tipo chévere que me ayuda, que me dice en caraqueño, métete por aquí, le das derecho y cuando llegues a la esquina, doblas, tienes el hotel aquí mismito, no te vayas todavía, te llevo a una tienda para que compres tu cargador, no te quedes sin celular, vale


Comida, palabras, tierras, voces, acentos, idiomas, oralidad.


Aquello de lo que escribo, de lo que hablo, de lo que leo.


Lo que vivo.


Las pérdidas se convirtieron en presencias.


En compañía.


La maleta ausente me obligó a mirarme.


(Empacar. Desempacar. Contarse. Descontarse. La habitación vacía. La hoja en blanco. Horror vacui. Tábula rasa. ¡Alto!: No puedo reducirme a equipaje).


Tabucchi que se fue pero que estaba, que soñaba que escribía en otros idiomas y en otras comidas, que sabía del universo en una sílaba.


Juan que no estando, está más que nunca.


No puedo evitar pensar que si hubieras ido a Sicilia en lugar de Milán, quizás…


Goethe hablaba la pintura tan distinta en el Sur.


Tan alegre.


¿Cómo habrían sido tus trazos en otra Escuela?


¿Habrías huido en tren?


No. Estarías comiéndote las gambas que tanto te gustaban.


Pintando.


Y yo aburriéndote con el sueño del caldo hecho con las voces de cuatro escritores.


Sonsacándote cervezas.


En Sicilia, quizás, quién sabe.

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6 comentarios:

Genín dijo...

Cierto, como que los platinos no existen ya, al menos hace mil años que no raspo unos...jajaja
Besos y salud

miralunas dijo...

hablando de la italia, el caldo mejor porque es caldo. y en caliente las cosas se mueven, claro. viven.
qué bien dices siempre, Piba! me andas contigo por donde andas.

Ophir Alviárez dijo...

Qué bello, Lena. Se lee tan fácil, tan facilito que se pierde uno entre las letras, las imágenes, los recuerdos y el caldo que sí existe porque nos lo dibujas y yo hasta olerlo puedo...El hubiera no existe mas que en el papel pero sé perfectamente a lo que te refieres con él, oh sí, claro que lo sé...

Un beso!!

Ophir

TORO SALVAJE dijo...

Lena en su punto...

Bon appetit!!!

BLANCO dijo...

De platino son tus entradas.

Un beso.

Elke Leonhardt dijo...

Meencaanta. Juan presente, Juan pasado, Juan futuro, Juan parte del caldo y se lo comió ya to- i- to. Algun día nos tocará a nosotros también.

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