26.4.12

Las croquetas perdidas


Imagen:  Chef Daniel Brooks


La memoria lo hace llorar cada vez que le meten un gol. No puede evitarlo, cada vez que un atacante amenaza su puerta, Luis rebota de lado a lado sin perder la vista del esférico, contrae los músculos, afila los sentidos, intenta adivinar si será izquierda, derecha o vaselina y salta al mismo tiempo que el balón para atajarlo sin penas.

Es un momento místico. No sólo para él. Para todos los asistentes. Para los jugadores. Para los vendedores ambulantes que se mueven entre las gradas ofreciendo refrigerios. Si hay posibilidad de gol todos callan. Se hace silencio en el estadio. No es por la anotación, no. Nadie la celebra. Todos esperan a escuchar el hip hip anunciando un llanto que comienza sonando a arroyo, deviene en río crecido, en rápidos, en saltos furiosos para luego hacerse remanso y secarse poco a poco como un aguazal. Es entonces cuando el linier da permiso al asistente que entra corriendo al campo con un pañuelo. Luis lo coge, libera su nariz con mucho ruido, el árbitro pita y el partido prosigue.

Los partidos en los que Luis es portero titular se abarrotan. El público lo adora, sus compañeros y sus rivales lo respetan, es un deportista muy apreciado. Nadie se ríe de su llanto. Al contrario, lo viven con empatía, como sana catarsis y con cierta dosis de ternura. Y eso tiene una explicación. Después de las primeras lloradas espontáneas, Luis fue conminado por los mandamases de la federación a dar cuentas en rueda de prensa so pena de baja definitiva. Se convocó a la radio, a la televisión y a la prensa escrita.  Escoltado por su representante y por su madre, Luis habló. Contó que cuando era pequeño odiaba el futbol. En la sala de prensa roncó un ohhhhhhhhhhhhhhhhhh. Esperó a que se apagase y continuó. Una tarde de domingo almorzábamos en familia, dijo. Mi madre había hecho croquetas de pollo. Mi hermano y yo las rapiñábamos de la fuente y las tragábamos a toda velocidad, sin masticar porque nos gustaban tanto que competíamos por ver quién comía más. Mi padre cansado de nuestra zafiedad propuso un duelo. Aquel que metiera los goles sería el dueño de las croquetas. No hay mucho más que explicar. Mi hermano me hacía polvo. Yo no veía goles. Yo veía croquetas perdidas. Subsané el hambre entrenando duro para batir a mi hermano. Pero la pena por las croquetas perdidas se quedó dentro de mí y emerge en forma de llanto cuando un jugador marca en mi portería.

Una periodista se levantó y pidió la palabra. Le preguntó si era para tanto. Su madre izó un dedo autoritario y seis camareros repartieron sus croquetas entre los asistentes.

Sonó ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh casi infinito.

No hubo más preguntas.

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Conversé con María Elena Lavaud sobre "El sabor de la eñe" en el programa "La revista" de Onda la Super Estación en Venezuela. Para escuchar  pincha este enlace El sabor de la eñe: la literatura también se come*.

6 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Eso ayuda a comprender por qué todos decimos "ah, los croquetas de mi madre" (y es que la bechamel que hacía la mía también os haría llorar si no las tomabais)

Genín dijo...

Por todos los dioses, no pueden ser mejores que las que hacia mi vieja...
Y las empanadillas de Atún, y...mejor no sigo...jajaja
Besos y salud

patxi(PASCUAL PÉREZ RIBOT) dijo...

No me gusta el fútbol,me parece un juego tonto,tal vez por que no lo entiendo,aunque de chaval coleccionaba cromos y cambiaba los repes con los amigos,respecto a las croquetas mi madre hacía unas de bacalao que te chupabas los dedos...
Saludos.

TORO SALVAJE dijo...

Esos traumas infantiles no se superan jamás.

Tengo yo uno con las berenjenas que prefiero no recordar.

Besos.

Vagamundo dijo...

Hubo un abuelo que en su juventud montó un restaurante. Que se convirtió en el más popular del barrio más popular de su ciudad.

Su especialidad: macarrones con salsa de albóndigas.
Su particularidad: se servía sólo los lunes.

La curiosidad: se echaban en el plato de pasta tantas albóndigas como goles que su equipo (el más odiado en ese barrio) había marcado el domingo anterior.

h.j. dijo...

Me gustó la entrevista mucho, me encantaría encontrar el libro por estas américas. Abrazo

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