14.5.12

Blame it on la Mancha



                                      Don Quijote. Picasso.



A M.T.S Amigo que conozco y no conozco.

Lala esperaba la pregunta de las cinco de la tarde.

Resuelto, constante y puntual, Ed Ojitos Azules franqueaba la entrada de la charcutería, miraba los curados que colgaban del techo, extendía un dedo señalando, contando y descartando y abría la boca para decir: ¿fuet?

Ella respondía envolviendo dos salchichas y escribiendo el precio a pagar en un papel.

Luego sonreía un poco y puntualizaba: Es de Vic. Está buenísimo.

Ed no la entendía pero sus Ojitos Azules también sonreían.

Saldaba la cuenta con un billete muy planchado y salía de la tienda en retroceso, con pasos lentos y reverenciales sin dejar de mirar a la dependienta.

Así todas las tardes durante dos meses hasta que un día, Ed pagó con el billete planchado acompañado de una flor.

Lala varió su respuesta diaria: le entregó las monedas del cambio y tres rueditas que cortó silabeando cho-ri-zo.

Acabó de pronunciar comprimiendo los labios en un puchero y su cliente lo encontró tan tentador que se dejó llevar por el impulso. Apretó la boca imitando el gesto de Lala y le plantó un beso.

Comenzó un romance de pocas palabras.

Ed no hacía esfuerzo alguno por aprender el idioma de su amada. No sentía la necesidad. La chacinería hablaba bien por los dos.

Decía: fuet, chorizo, lomo, jamón con tanta gracia que Lala corría a bajar las persianas, a cerrar las puertas y a derramarse entera en los abrazos de aquel hombre que la amaba en inglés.

Se sentía privilegiada: ser amada en un idioma ajeno era ser doblemente amada. Ed tenía dos voces. Con una pronunciaba los embutidos, con otra le susurraba cantando oh, baby, I love your way, everyday…

Llegó, suele ser inevitable, la rutina. Tanto catar y tanto amor resuelto en la fresquera llevaron a los Ojitos Azules de Ed a cabriolar.

Y Lala, sospechando del bailoteo de sus pupilas, descubrió unas migajitas amarillas en las comisuras de esa boca que tanto le gustaba. Siguió el reguero que pasaba por el cuello, rumbo a la corbata hasta desbordarse por completo en la camisa Ed.

Enfadada le pidió explicaciones. Como no comprendía lo que ella quería decir, le arrancó la ropa y la agitó gritándole: Esto, esto, ¿de dónde salen estos lamparones?

No hubo mentiras ni justificaciones. Tampoco teatro o gestos compungidos.

Ed se limitó a sacar la lengua.

Lala la atrapó entre sus dedos y la estiró tanto como pudo.

Acercó sus ojos para examinarla con detenimiento. La olfateó. Y la lamió.
Sintió un sabor ácido, cremoso, herbal y picante.


-      ¿Qué has estado comiendo?

-      Oh! this? Blame it on La Mancha.


En seguida lo supo. Ed se estaba viendo con la zorra de la tienda de la esquina.

Lala respiró tranquila. Le preparó un baño de espuma a su amor y lo invitó a esperarla en la bañera. Cruzó la calle, reventó la cristalera de la vecina, se hizo con todo el mostrador y regresó a la charcutería.

Cogió un buen cuchillo, se desnudó y caminó hacia el baño.

Se metió en el agua con Ed.

Hundió la hoja de acero,  troceó una cuña que luego rebanó en lascas y silabeó como la primera vez: quesito manchego.

Ed hizo de eco tan bien como pudo: quesitou manchegou.

La dueña de la tienda de quesos huyó a otro pueblo.

Ed se hizo socio de Lala.

Cuando cierran la tienda catan, se aman y estudian sus lenguas.


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8 comentarios:

Señorita Cometa dijo...

buenísimoooooooooo! me encantó! ;)jajajajajaja

TORO SALVAJE dijo...

Estoy preocupado.
De Lala a Lena no hay tanto eh...

Adriana dijo...

por un instante pense en el final infeliz...

pero después Lala me derroto con su inteligencia :)

adorable!

Kira dijo...

Maravilloso, jajaja, sabia la Lala ;)

Genín dijo...

¡Que preciosidad de historia!
Pero al final me quedé sin respirar ante la posibilidad de que Lala le rebanara las bolas a Ed...jajaja
Besos y salud

miralunas dijo...

no me equivoqué desde el primer renglón que te leí, Piba.

si el océano fuera que dos o tres calles, entre tu casa y mi casa, qué compinches seríamos, qué par de pájaras locas. y ya sabrías de mi pastel de papas!

qué requetelinda sos!

Marco T. Socorro dijo...

Estupendo relato.

Oswaldo Aiffil dijo...

Hermoso!

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