Cuando Celia recibió la llamada su reacción fue escalonada.
Primero cerró los ojos, frunció la nariz y sacó la
lengua invocando un estornudo.
Luego desplegó la ventana del chat, buscó a Danaik y
escribió:
No te lo vas a creer. Acaban de llamar para avisarme. Estoy feliz,
feliz, feliz. Imagínate. Luego te cuento. Tengo a esta gente en el teléfono.
Salgo. Besos.
La voz del auricular recitó un conjunto de siglas y
números.
Celia exploró sus archivos, cotejó los datos y la coincidencia
confirmó que hablaban de lo mismo.
Necesitaba calmar la euforia.
Recordó que tenía un porrito a medio fumar pero
prefirió el sillón reclinable y la memoria.
Rebobinar la relajaría.
Todo empezó el día que encañonaron a Gonzo.
Quería que le trajera pan, algo dulce y tampones así
que lo llamó para ver por dónde estaba.
El asaltante cogió la llamada.
Le dijo era el nuevo dueño del móvil, que Gonzo no se
podía poner, que lo estaba atracando, que podía dejarle un mensaje.
Ella le pidió que no le hiciera daño.
El ladrón contestó que tranquila, que se lo devolvería
entero a casa, que si hacía falta él mismo lo acercaba, qué voz tan dulce tienes, debes ser bien bonita.
Quiso insultarlo pero comprendió que no era el momento,
en lugar de un taco imprudente soltó un no
hace falta que lo acerques, me vale con que le dejes algo para el taxi.
Dos horas después, Gonzo volvía y ella recibía un
mensaje de texto:
Me gustan tus tetas.
Celia intentó ignorar el mensaje.
Reprimió la ira, las ganas de estrellar el aparato
contra la pared y la urgencia de revancha.
Pero el mensaje seguía allí.
Palpitando en el móvil y en su cabeza.
Me gustan tus tetas.
Me gustan tus tetas.
Me gustan tus tetas.
Comenzó a mirarse en el mensaje.
Escrutando las letras se sentía deseada.
Leía las palabras y la hormigueaba una rabia sabrosa
que Gonzo apaciguaba a medias.
Acechaba la pantalla del móvil a todas horas, cribaba
los mensajes entrantes desechándolos decepcionada al comprobar que no eran de
él.
¿Por qué no insiste? ¿Por qué no me acosa? ¿Por qué me
escribió sólo una vez?
Es una afrenta, se dijo. O un juego.
Pasados dos segundos titiló una palabra:
Conéctate.
Celia se conectó, encontró la invitación de Doc 88 y un
mensaje directo:
He visto todas las fotos que tu novio llevaba en la cartera. Eres
bien bonita. Y me siguen gustando tus (*)(*).
Sonrió complacida, aceptó al Doc entre sus contactos,
le reclamó con falsa dignidad el asalto, el mensaje soez, la falta de respeto y
la no insistencia.
Él contestó con risas silábicas y lógica sin fisuras:
Robar es parte de mi trabajo, si te parezco grosero qué haces
chateando conmigo, no persigo a mujeres con novio.
Aclaradas las cosas iniciaron una relación amistosa y
virtual.
Ella se auto engañaba con variables. Chateo con él para
cercarlo, para joderlo, para meterlo preso, para recuperar el móvil de Gonzo,
para sacarlo de circulación y hacerle un favor a la sociedad, para humillarlo,
para conocer el mundo de los bajos fondos, para entrevistarlo, para escribir un
libro, para comprenderlo, para enderezarlo.
Hasta que se miró en el espejo del primer mensaje y se
sinceró:
Chateo con él para follar.
Doc 88 no quería sexo virtual.
No le valían fotos de desnudos integrales (parecen
autopsias), no le interesaban los top less desde una cámara web (sólo sirven
para pajas secas).
Quería las tetas de Celia y así se lo hizo saber:
Podría engañarte, jugar a enamorarte, inventar un escenario para que
sientas lástima por mí, manipularte, chantajearte pero no voy a hacer nada de
eso. Me gustan tus tetas. Y me las vas a dar porque quieres dármelas. Sé que lo
deseas tanto como yo.
Quedaron en el bar de un hotel de tercera y bebieron
una botella espumante.
Eso es todo lo que Celia recuerda.
Despertó al día siguiente en la habitación de una
clínica con una jaqueca tremenda.
Había escuchado todo tipo de leyendas urbanas.
La de la chica cañón que tras una noche de sexo
furibundo desaparece dejando un mensaje escrito en la pared con pintalabios que
reza Bienvenido al mundo del sida. O
la versión que sustituye el mensaje por una herida mal suturada y purulenta,
puerta de escape de un órgano trasplantable. Pero de lo que le sucedió a ella
nunca oyó nada.
Cuando le dieron el alta se dispuso a poner la
denuncia. Para ello superó el asombro, descartó el pudor, organizó los
antecedentes y los hechos de forma sencilla y se preparó mentalmente para
encajar comentarios sardónicos y miradas libidinosas.
La secretaria de la comisaría de turno la recibió con
desgano, escuchó la historia sin inmutarse y le ofreció una planilla estándar
que extrajo de un sobre.
Celia se sorprendió al saber que lo suyo, un caso que
hasta ese momento creyó como único más que nada por la naturaleza estrambótica
del mismo, tenía un formulario modelo con preguntas y casillas de selección
múltiple para las respuestas. La solicitud de información era concienzuda y pormenorizada,
no dejaba nada por fuera.
Trazó equis, conectó con flechas, encerró en
circunferencias, rellenó porcentajes, subrayó donde debía y completó oraciones
con analógico, revólver, sms, virtual,
internet, chat, gel cohesivo, periaureolar, ambulatorio, GSII-8936-1-F, gota,
submuscular, sin ip, anónimo, Doc 88, Celia 14, Hotel Dollar, espumante de
Manzana La Española, ayunas, Clínica Tudores.
Celia abandonó el sillón reclinable y el ejercicio
retrospectivo pensando que el tiempo que le dedicó a la planilla había arrojado
resultados positivos
Ahora tenía que regresar a esa comisaría para la ronda
de reconocimiento.
Cogió las llaves, el bolso y cuando estaba a punto de
abrir la puerta para salir a la calle, estornudó.
Por fin, suspiró.
Se acercó al ordenador, abrió la ventana del chat y
escribió:
Danaik! Olvidé decirte que lo pillaron porque dejó huellas en
internet. Ponía los números de serie en ebay. No te impacientes. Seguro que te
llaman pronto. Voy a la comisaría a ratificar la denuncia y mirar de cerca el
morro de ese mangante. Te escribo cuando regrese.
Presionó enter,
cerró las pestañas y apagó el ordenador.
La luz de la lámpara rebotaba sobre el monitor
convirtiéndolo en un espejo gris.
Celia desabrochó los botones y abrió su blusa.
Sus tetas se reflejaron en la pantalla apagada.
Pálidas, simétricas, pequeñas, con dos cicatrices
apenas perceptibles.
Doc 88 hizo un
trabajo limpio.
La dejó sin prótesis y con tres tallas menos de
sujetador.
Cerró la blusa con furia y salió dando un portazo.
* Relato publicado en el número 19 de la revista El rapto de Europa.
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13 comentarios:
Siempre, siempre me sorprendes.
me encanta, como siempre
Le robó su tesoro más preciado.
Que se prepara el ladrón porque será torturado por pechiplana.
Besos.
Genial.
Engancha de principio a fin.
Ay, ay, ay! Que sin tetas no hay paraíso! Lena, no sé en qué piensas cuando escribes, pero sigue así. Un beso grande.
Rosalía
Igual le hizo un favor si se trataba de silicona chunga.
Lo leí de un tirón, jamás me pude imaginar el final...jajaja
¡Me ha encantado!
Salud y besos
genial, Piba!
que cabeza tan llena de luces tienes! cómo me gusta reirme con vos!
salute!
¡Eres la caña! Me ha encantado el relato.
Besicos muchos.
Me gustan tus tretas
Hola Lena! Nunca pensé que pudieran significar tanto, valer tanto, sustituir personalidades, pero sí. La dejaron bella, pero sin alma. Un beso!
Buen texto, de principio a fin, he disfrutado. Abrazo
De hecho le gustarón tanto que se las robó:muy bueno
a mi el porno de cámara web me produce tristeza..
la historia, en cambio, sorprende...
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