De pronto el recuerdo de La Habana.
Una noche en la algarabía confusa de los tragos me sumé
a un grupo de desconocidos.
Riesgos que corremos aquellos a los que nos gustan las
barras de bares decadentes.
En mi memoria algo parecido a un bus pequeño.
Me llevaron a una fiesta en casa de unos músicos
cubanos.
Bajé, entré, tomé la peor cerveza que he probado en mi
vida. Cerveza clandestina que me dejó una resaca abominable . Me ofrecieron
pizza y no me atreví, a tanto no llegó mi afán aventurero. En mi cabeza estaba
como neón titilante la lista de objetos que pasados por el horno se convierten
en perfectos sucedáneos del queso.
Bailé y descubrí que somos del caribe pero danzamos distinto.
Nuestros oídos no comparten sintonía.
En medio de la euforia y de la intoxicación, un hombre
canoso comenzó a gritar:
-
¿Dónde está la venezolana? ¿Dónde está?
¿Quién me la enseña? ¡Necesito hablar con ella!
Me asusté. Quise huir de allí pero no sabía dónde
estaba. Una mujer apresó mi muñeca con sus dedos hechos un cepo y me arrastró
hasta el hombre gritón sin que yo pudiera hacer nada. Mientras me llevaban yo hacía
un repaso mental de las últimas noticias leídas buscando algo que pudiera ser un
reclamo. Declaraciones del presidente de mi país o de cualquiera de sus
ministros hablando del régimen de la isla. No había nada. Llegué al hombre. Cogió el brazo que me quedaba
libre y me gritó usted es una mala
venezolana para luego remolcarme fuera de la casa. Temblé pensando que me
pondrían presa, que se habían enterado de que llevé café a familiares y amigos
o de que compré tras mucho secretismo Paradiso
de Lezama Lima en un librería bella de la calle L y 23. Las piernas me flaqueaban.
El hombre me halaba del brazo. Se fueron uniendo a nosotros más personas: vecinos,
niños, dos perros flacos. Yo escuchaba frases sueltas: por tu madre, cómo es posible,
vaya. Nos detuvimos en medio de la
calle junto a un busto. El hombre habló:
-
Lo primero que hizo Martí al llegar a
Venezuela fue ir a arrodillarse ante la estatua de Bolívar. Usted es hija de
Bolívar. Haga los honores a Martí.
Sacó un pañuelo sucísimo de su bolsillo y lo extendió
sobre el pavimento.
El momento fue un eficaz antídoto y un chute vigorizante.
El nubarrón etílico desapareció de mi cabeza y una energía inusual me invadió.
Me convertí en Lena, la de los pies
ligeros, y corrí despavorida, sin mirar hacia atrás, hasta que encontré un
taxi que me depositó sana y salva en mi hotel para turistas.
Una vez allí, destapé una cerveza comercial, descorrí
las cortinas y miré el cielo estrellado del malecón, el mar casi negro, El
morro.
Desde ese ventanal todo parecía lindo.
Así se ve desde afuera.
Venezuela: una revolución bonita.
Opinar desde la protección y aislamiento que ofrece un
panel transparente e ignorar que el vidrio deforma.
Sin arriesgar, sin ensuciarse, blindados.
Posar el dedo sobre la superficie, señalar, apuntar.
Pero para conocer verdades no hay más que mirar la
mesa.
El plato tiene siempre las respuestas.
Daniel Ortega come de pie y con las manos.
(Imagino una metáfora de la hija que engulló)
Chávez come mango y mandarina en una mesa frente a
Fidel.
(Es de las pocas imágenes en las que aparece comiendo)
Chávez comparte rancho con la soldadesca.
(No hay imágenes. No hacen falta. La imagen es el acto)
Cuba tiene, cincuenta años después, una comida
fosilizada.
El hijo de un santero me dijo que quería irse a Miami porque las pizzas allá tienen queso de verdad.
-
Tengo dinero porque la santería da para
mucho. Pero no consigo comer pizza con queso. Mi sueño es comer una pizza
gigante con triple ración de queso.
No vi a ningún cubano revolucionario tomar el vino de
plátano del que habló Martí.
Los vi luchando por comprar carne dinamarquesa en la diplotienda. Los vi dejándome pasar el sobrepeso
de mi equipaje a cambio de chocolates belgicanos.
Los escuché con un lenguaje empobrecido porque el habla es, ya se sabe, espejo
de la ingesta. Y a los que estaban más cerca del poder, los vi empanzarse en la
playa y enterrar en la arena la comida que sobró cuando ya no pudieron más.
El plato de Venezuela está limpio.
Como un espejo.
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9 comentarios:
Vaya niña, un buen resumen. Todos opinamos sin saber nada de nada, la mayoría de las veces.
Besicos muchos y descansa.
Ay Lena. La esperanzas son como espejos, si. Reflejan las cosas. Pero no son mas que espejos.
Ayer se me fueron a mi las esperanzas, lejos, otros seis años desde la última vez, si es que la muerte o un militar no lo "arregla" antes...
Besos y salud
A mí me parece un mono loco dirigiendo una pandilla de simios drogados.
Besos.
Después de tanto he vuelto...una crisis de país me hizo buscar refugio en este espacio y no podía dejar de visitarte...
Un abrazo
Estuve y leí tus terriblezas.
Lena, puse tu blog en mi muro del facebook, casi nunca pongo nada en facebook pero a raíz de lo que pasó el lunes, después de un tremendo descorazonamiento, no pude remediar leer, y leer todo lo que encontré de nuesto país tan bonito. Creo que el exilio que me ha tocado vivir en parte tiene sus causas con ese atraso con el cual yo nunca me sentí identificada. A mí me gustaba leer, me gustaban los libros, la poesía, el Jazz y las películas, no me gustaba el vallenato y la ordinariez. De los libros aprendí a vivir con muchos personajes el sufrimiento que padecen hasta las últimas consecuencias los pueblos oprimidos por figuras como Chávez. Pero hoy pienso en todo lo ocurrido, Lena, y me doy cuenta que no podía suceder una cosa diferente. Cuando yo enseñando a una muchacha de 17 años en la UDO el siginficado de la palabra villancico (porque no lo sabía) me horrorizaba ¿No era lógico que esto iba a suceder? Si la pobre muchacha no entendía un párrafo de 35 líneas. No podía, no sabía leer y estaba en la universidad, ¿No era esperable esto, Lena? ¿No soy yo misma culpable, porque en vez de vivir aquí en Alemania, me fui de un colegio del cerro, donde los niños decían que cada 20 días venía un profesor distinto, porque ellos vivían en un sitio muy peligroso? ¿Porqué los abandoné a su suerte, si ellos querían en el fondo, alguien que los quisiese de verdad y los enseñase? Creo que algunos pueblos serán maduros y otros no, pero es verdad que todos hemos sido de alguna forma crueles, yo me siento culpable, y creo que todos deberíamos sentir que no hemos hecho suficiente. El país donde crecí es un país de bizarros,de bárbaros, de animales con un cerebro de homosapiens, y Chávez hizo crecer la bola de nieve, pero les dio comida, y ya sabes lo que decía Conrad en "El corazón de las tinieblas" El hambre nos transforma y nos convierte en seres primitivos, cuando hay hambre ya nada de lo demás importa.
Saludos mil.
Sentimientos mezclados... hay que vivirla para contarla, Venezuela, Nicaragua, Cuba, Bolivia...da tristeza profunda
Invitación
Yo soy brasileño, y tengo un blog, muy simple.
Estoy lhe invitando a visitar-me, y se posible, seguimos juntos por ellos.
Fuerza, Alegría y Amizad.
Ven para acá.
http://www.josemariacosta.com
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