25.4.13

Letras y cazuelas: mi historia con Aliana

 Junto a Arantza Miralles Adarraga, sapiente librera gastronómica, antes de comenzar la charla.



Mi relación con Aliana comenzó hace 14 años.

Acababa de aterrizar en Madrid.

Todo era nuevo y viejo a la vez.

Muchas de las calles que recorría me llevaban inevitablemente a Caracas.

Algunos edificios me recordaban a los edificios de mi infancia en Chacao.

La nostalgia funciona igual que la memoria: a veces se proyecta hacia lo dejado, otras hacia lo desconocido, lo que aún está por venir.

Caminaba por la calle General Varela buscando una ferretería. 

Mientras pensaba en cómo se llamaría en España el artilugio que necesitaba, arrastraba los pies levantando las hojas amarillas, cobre, rojizas que cubrían la acera. 

Cuando era pequeña no había otoño pero las aceras que me llevaban desde mi calle hasta la calle de mi colegio estaban llenas de hojas también. 

Me vi de la mano de mi madre levantando con mis pasos las hojas caídas, explicándole que cuando pisábamos las hojas se convertían en humus.

En nada éste será humus madrileño, me dije.

Alcé la mirada y descubrí un cartel que adornaba el número 6:

Aliana Librería Gastronómica*.

Salté emocionada. 

Hacía mucho tiempo ya que investigaba la relación entre literatura y gastronomía. 

Exploraba las librerías tradicionales durante horas y la dedicación siempre daba resultado, nunca dejaba de aparecer y venir a mis manos un ejemplar curioso, enjundioso, académico, raro, que abordara el tema.

Y de pronto por azar y sin buscarlo, topo en Madrid con la cueva de los tesoros. 

Una librería especializada en letras y alimentos.

Entré, compré muchos libros, me regalaron un Breviario de los gazpachosque conservo con amor y que me abrió los ojos: desconocía que uno de mis platos favoritos tenía tanta historia, nomenclaturas y variedades.

Desde ese día Aliana es una aliada y una amiga.

Tres libreras maravillosas han pasado a ser mis amigas: Arantza, Ana y Pepi.

Kira es un poco mi mascota y la del Peche (que se hace mayor y lo de Pez Fruta ya no le hace tanta gracia).

Cuando lo pienso en detalle, me sé afortunada.

Puedo decir que tengo dos segundas casas:

Aliana y la Biblioteca Nacional de España*.

(Y la alfombra de humus de mi niñez me acompaña aquí también).

En el próximo post ofreceré una panorámica de lo que se puede encontrar en la librería.

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                       Kira entre libros.              Foto: María Zarzalejos







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5 comentarios:

Roberto Echeto dijo...

Qué belleza, Lena. ¡Qué belleza!

Las hojas de Chacao en Madrid. El otoño de Chacao.

Y la librería gastronómica.

Un beso.

Adriana dijo...

las hojas si, pero el olor, el olor es intransferible. ;)

María Inés Pérez Núñez dijo...

¡qué hermoso post! Creo que son hermosas todas las historias de aquellos momentos en los que nos sentimos colmados por las casualidades. Yo, que soy una amante de la comida, nunca topé con esta librería cuando viví en Madrid, pero nunca es tarde, ya tengo seguro un punto de visita la próxima vez que vaya a Madrid.

Genín dijo...

Yo también pasé mi infancia entre Chacao y San Bernardino, pero yo podía ir a Los Chorros el fin de semana y tu por la niñez tan reciente no podrías porque estaría ya contaminado, en el caso de que existan todavia :(
Besos y salud

Beauséant dijo...

a veces uno se siente muy sólo, encerrado en sus historias y sus cosas, y casi sin buscarlo, en el sitio menos pensado, descubre alguien que recorría el mismo camino, ¿verdad?

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