1.12.14

El Atlántico, el Caribe, el jabillo.

                                Foto:  Roberto Echeto. Mi jabillo en Chacao. (1)



                                Foto: Roberto Echeto. Vistula. El edificio de mi infancia. Chacao. (2)







A Roberto Echeto* este texto que, como el jabillo, seguirá creciendo.
Gracias muchas veces.


Preparé un texto para la Mesa Redonda Venezuela en la distancia.

El texto incluía fragmentos de la novela Hormigas en la lengua que será publicada próximamente por Sudaquia Editores*, un cuento que forma parte de un libro de relatos en el que trabajo y un sueño. 

La actividad fue tan bien que hablamos muchísimo y leímos poco.

Se nos preguntó cómo nos sentíamos respecto a la situación de Venezuela: inmigrantes /exiliados /desterrados y cómo esa experiencia ha transformado / influenciado /condicionado lo que escribimos.

Yo contesté que no me siento inmigrante, exiliada, desterrada. 

Si tuviera que definirme diría que estoy en suspensión. Y que desde esa suspensión escribo.

Copio el texto que escribí incluyendo únicamente el sueño.

_______
Soñé que caminaba por Chacao. 

Todo estaba muy cambiado.

Los edificios antes habitados por inmigrantes eran ahora gastronomía vertical: locales con propuestas ligeras, desenfadadas, lúdicas y en algunos casos confusas.

Subí a la azotea del edificio Coro y me senté en una mesa.

Cuando hice mi pedido una pareja que ocupaba la mesa vecina me preguntó:

- ¿De dónde eras? 

- De aquí, les dije. Era y soy de aquí.

- ¿Con ese acento? 

- ¿Qué acento? Los venezolanos no tenemos acento. Eso lo sabe todo el mundo. Yo soy venezolana. No tengo acento.

- Tienes un acento marcadamente diacrítico.

- No tengo acento. Soy caraqueña.

- Tienes que demostrarlo.

- ¿Por qué?

- Porque hicimos una apuesta. Gane quien gane repartimos contigo.

- Yo lo único que quiero es comer silencio.

- Prueba esta pizza. Si te gusta, olvidamos tu acento. 

- ¿De qué es la pizza?

- De frunas.

- Vale. Tengo un ligero acento diacrítico. Pero soy de aquí. Y no pienso probar esa pizza. Odio las frunas.

- No eres de aquí, no eres de aquí, no eres de aquí. Oigan todos: esta mujer no es de aquí, no es de aquí, no es de aquí.

Me desperté con taquicardia.

____

Un verano miraba el horizonte.

Estaba en el sur de Lanzarote.

Desde allí se ve una primera isla, Lobos y detrás otra, Fuerteventura.

Pensé en los cayos, los recité de memoria, le conté a mi hijo las palabras y los sabores que recordaba del mar.

Él me escuchó atento y cuando terminé de hablar me dijo:

- Mamá, yo nunca he visto un árbol de cocos.

Sentí una especie de dolor dentro de mí.

¿Cómo esa lengüita tan brillante y dulce no sabía pronunciar cocotero?

¿Le costaría decir chaguaramo? 

¿Qué secretos esconden nuestras lenguas que una vuela para pronunciar la zeta y saborear el cocido madrileño y otra para aspirar eses y ser feliz frente a la yuca frita?

Desde el habla y la ingesta convertidos en mapa y barco a la vez, desde los árboles que son raíz y cielo, desde los mares, el Atlántico de relojes perdidos más allá de sí y el Caribe con su luz de soles a paso bueyes que diría Montejo, parte mi escritura.

Cuando era niña vivía en una calle en la que un jabillo, todopoderoso, se levantó.

Ahora adulta, escapada, retenida, suspendida, descubro que lo que extraño con más fuerza, es ese árbol.

Tres veces he regresado al país, tres veces he intentado verlo, acercarme, visitarlo, y las tres han sido fallidas.

Mientras escribía el libro me di cuenta de que el árbol simbolizaba todo: el habla, las raíces, los sabores, incluso el mar.

Las copas de los árboles en las noches de viento suenan como las olas.

Por eso tenía (y sigo teniendo) terror ante la idea de morirme sin volver a verlo. 


Debe ser porque de pequeña aprendí que la savia de los árboles es la sangre. 
____

Hace unos días Roberto Echeto publicó unas líneas hermosas sobre el paisaje*
En ese paisaje los grillos diciéndonos eres de aquí, eres de aquí, contradecían mi sueño. 

Hablaba también del sonido perdido de la lluvia y de la posibilidad de un jabillo.

Le escribí de inmediato para explicarle lo que esa palabra significa en tanta ausencia. 

Le conté el miedo que me da no volver a tocar mi árbol.
Está en tal calle, a tal altura. 

Roberto me contestó que Caracas es un jabillo gigantesco con todo y espinas.


Los jabillos no se olvidan; nos acompañan siempre. Un beso, Lena.

Y luego, en una postdata, añadió: 

Lena, el jabillo está donde lo dejaste

Desde ese día tengo dos mares chocando en la garganta.


_____

(1) El tiempo que iba al cole en bus lo esperaba junto al árbol.

Recuerdo mirar hacia arriba para ver hasta dónde llegaba la fila de bachacos culones.

No me alcanzaba la vista.

Competía con los niños de la cuadra para ver quién recogía más zarcillos de madera: los zarcillos del árbol.

El tronco está lleno de pinchos.

Me gustaba apoyar la mano y dejarme caer en peso para medir mi resistencia al dolor.

Me gustaba mirar la marca que el tronco dejaba en mí.

El árbol es inmenso.

Sólo hay que ver la foto.

El árbol está, no se ha ido, sigue levantando la acera.

Yo lo abracé casi todos los días que viví en esa calle.

Lo abracé de niña y lo abracé de adulta.

Nunca me importó lo que pensara la gente que me veía.

Tengo años buscando una foto del árbol en internet.

Gracias a Roberto la tengo.

Estoy emocionada...extremadamente emocionada.

Con ganas de volver.


(2) Aquí fui feliz.

Las rejas eran azules.

Cuando era pequeña las primeras rejas no existían.


Al lado del edificio había un colegio y una tintorería.

Los dueños de la tintorería eran chinos.

(O eso yo creía).

Se llamaba tintorería Oriental.

Recuerdo que de niña pensaba: ah...los chinos del refrán son los de mi tintorería. "Más caliente que plancha de chino". ¿Ellos sabrán que son tan conocidos?

En aquel entonces los chinos no tenían tantos restaurantes.

El edificio del sueño, el Coro, queda justo delante del Vistula.

Algo de Vistula escribí en mi columna de El Nacional 


http://www.el-nacional.com/opinion/Conversacion-improbable-Adam-Zagajewski_0_400160142.html



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3 comentarios:

Genín dijo...

La fachada del Vistula parece una prisión ¿Porqué será?
A los causantes de que la gente tenga que salir huyendo de sus países deberían de juzgarlos sumariamente...
Cada vez que leo las estadísticas sobre Podemos, sueño y tengo una pesadilla, en ella veo a políticos con camisas con la bandera española vociferar contra el imperio, los supermercados vacios de productos y colas y mas colas por todas partes, asombrado pregunta que que es lo que ha pasado en España y me contentestan asombrados de mi ignorancia "Aquí mandan los chavistas", y lo voy constatando lleno de asombro, los blog que leo son escritos en Venezuela, allí ya no mandan los chavistas, hay una verdadera democracia y todo ha vuelto a la normalidad, todos los venezolanos han vuelto a su país y son de nuevo felices.
Cuando despierto y me doy cuenta que ha sido una pesadilla, siento alegría por un lado y gran desilusión por el otro, pero también preocupación por el futuro...
Besos y salud

Beauséant dijo...

Las fronteras son un invento, al final uno acaba trazando las suyas propias, con recuerdos y fotografías de lugares... y eso pese a que algunos se empeñan en imponerlas y en excluirnos.

Catalina dijo...

me encanto leerte...:) besos azules

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