21.4.15

Gastrosueño para Luis y Javier


                             Imagen: Monica Van Asperen




Para Luis Arévalo.
Para Javier Prats Koudhary



Conversaba con Luis sobre sus proyectos, los míos y la posibilidad de hacer alguna cosa juntos.

Lee la carta, me dice, mientras me extiende un libro precioso que se titula Saint Tropez.

Leo fascinada una lista de platos.

Todos los platos son creativos, elegantes e inteligentes.

Siento hambre.

Luis me acerca un plato.


- Estoy ensayando esto para la cocina. Quiero que todos comamos sano, gustoso y que los platos tengan un despliegue atractivo. ¿No te parece que me pasé un poco con la acidez?


Huelo. No percibo nada ácido. Mi hambre siente que la espolean.


- No, le digo. Siento la acidez en armonía. Déjame probar.


Tomo un tenedor y lo acerco.

La pieza de atún se abre en pétalos y cae sobre la salsa de fondo.

Acuno un trozo  en el cubierto sin pincharlo y uso las púas para envolver unas tiras largas.

Me llevo el bocado a la boca.

El pescado que parece deshacerse revive al hidratarse con la salsa.

La cebolla está al dente y cruje.

Me siento feliz.


- Luis...¿cómo haces esto? ¿sabes que estoy durmiendo? ¿cómo puedo oler y saborear en mis sueños?


Luis me mira.


- Ojalá lo supiera, me contesta.




También hubo postre pero en otro escenario.

Mi casa de infancia estaba reducida.

Parecía una mini casa de campo.

Vi las paredes desconchadas y eso me preocupó un poco.

O mucho porque sentí taquicardia.

Había una cortina entre la entrada y la salita hecha de chapas de refrescos martilladas.

Qué horror, pensé, ¿de dónde salió esto?

En contraste, la mesa del comedor era bellísima.

Estaba vestida con un mantel de hilo y decorada con mucho gusto.

Veo macarrones en todos los matices posibles.


- ¡Violetas! ¡Quiero los de violetas!


Tomo uno, lo calibro, hablo: esto es una interpretación del macarrón.

Los macarrones no son de bizcocho.

Retiro la tapa superior: el relleno tradicional comparte espacio con diamantes de gelatina color ámbar.


- Esto es una reducción de Sauternes en gelatina.


En la esquina de la mesa mi padre me observa.


- Papá, qué manía, tú estás muerto.

- Ya. Pero sabía que vendrías. Y quiero macarrones.

- Solo dos y te vas.

- Vale.


Comió, me miró, se fue y desperté.


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